Xavier Rambla. (2000). Aula de Innovación Educativa. [Versión electrónica]. Revista Aula de Innovación Educativa 88 Tres preguntas sobre la coeducación en las etapas de infantil y de primaria Xavier Rambla Cuando escribo este artículo, hace muchos años que se habla de coeducación en la escuela; tantos, que es muy difícil decir algo que no se haya discutido anteriormente muchas veces. Si la escuela mixta transmite los géneros a pesar de todo, si el profesorado debe ser neutral ante esta situación para no violentar la espontaneidad de los niños y niñas, si las familias deben contribuir en la coeducación, y un largo etcétera de cuestiones, parecen todas ellas un lugar común para muchas de las personas que han tenido cierto conocimiento de las propuestas coeducativas. La igualdad de oportunidades entre niños y niñas ha sido una de las muchas demandas que se han dirigido al profesorado en estos años. Estas nuevas funciones, en comparación con el encargo decimonónico de transmitir la cultura establecida, han provocado en las escuelas la sensación de que son las únicas responsables de los bienes y de los males morales de la sociedad, y han acabado congestionando la agenda de actuación de muchos sectores de la comunidad educativa. La intención de este artículo es la de rebatir algunas ideas que han llevado a este punto. Desde mi punto de vista, el problema no es que las escuelas deban hacer demasiadas cosas, sino que falta una discusión pública y sosegada que articule todas estas cosas dándoles sentido. No se trata de limitar la lista de atribuciones escolares para evitar la sobrecarga; se trata de plantear unas propuestas para empezar el trabajo, y de rechazar otras. En pocas palabras, el malestar por la supuesta saturación se debe a la ilusión de que todo el mundo está de acuerdo en todo, y de que, por tanto, cada propuesta añade un epígrafe más a la larga lista de los proyectos educativos de centro. Es necesario recordar el origen histórico de las funciones sociales de la escuela. Sin ánimo de ser exhaustivo, baste subrayar que han confluido intereses colectivos contradictorios en la génesis de dicha institución, que los cambios sociales contemporáneos han removido las bases sociales de estos intereses, y que, por consiguiente, hoy en día tenemos sobre la mesa unas propuestas distintas de actuación. Sería insensato ahondar en las discrepancias hasta convertirlas en un conflicto tenso, sin duda, pero tampoco es muy razonable rehuirlas hasta que los problemas estallen ante nuestros ojos. Por ello, presentaré tres preguntas que ha suscitado la coeducación en varios de los seminarios y clases en que ha participado el equipo de coeducación del Institut de Ciències de l'Educació de la Universitat Autònoma de Barcelona; esbozaré unas respuestas que suelen repertirse una y otra vez en estos contextos, y pondré en duda la creencia de que estas respuestas constituyen un consenso sólido. ¿Es la coeducación un aspecto entre otros de la educación en valores? La educación en valores se ha convertido en el marco de referencia para el profesorado partidario de las pedagogías progresistas. Esta propuesta critica el relativismo ético en que puede desembocar la mera multiplicación de diferencias susceptibles de atención educativa, e indaga los fundamentos universalistas en que puede apoyarse una pedagogía preocupada por la diversidad. De este modo proporciona una contribución filosófica que se echa de menos en nuestro panorama educativo. Entre la afirmación de que el universalismo debe reorientar unos proyectos educativos demasiado fragmentados por recetas muy particularizadas, y la de que, por tanto, la coeducación debe ser una faceta más de este universalismo, sólo hay un paso. No es extraño que los debates sobre coeducación lleguen a este punto, ya que también ésta se inspira en principios universalistas. Ni es tampoco una sorpresa el que la educación en valores promueva la reflexión ética sobre distintas circunstancias escolares donde se manifiestan las relaciones de género imbricadas en otros tipos de relación social, o simplemente donde aparecen relaciones en las que el género de los participantes no es especialmente significativo. Sin embargo, esta formulación se contrapone abiertamente con la filosofía de la coeducación. Estas reflexiones éticas, presentadas como la lectura generalista de la escuela, acaban diluyendo las identidades sociales reales de los individuos implicados, y vienen a relegitimar el neutralismo docente de la escuela mixta. Por este camino se impone a menudo la conclusión de que la mejor de las soluciones es la neutralidad ante las circunstancias cotidianas, y en todo caso el diálogo sobre unos dilemas muy abstractos. En favor de este argumento se aduce que la escuela debe compensar a los niños y niñas de una crisis de valores provocada por la sociedad. Los cambios sociales contemporáneos que han ensanchado las funciones escolares se leen sólo en negativo, y se interpreta consiguientemente que éstas deben concentrarse en suplir una carencia general de valores. Es decir, la discusión y la vivencia escolar de estos valores deben contrarrestar los defectos de otras prácticas sociales. Al profesorado se le ofrece un glosario de principios con algunos ejercicios para llevarlos al aula, y se le sugiere que esta