PANCRACIOS, QUINQUERCIOS, ABECEDARIO..., Y OTROSJUEGOS PASTORILES Cuando se habla de los libros de pastores y se intenta establecer el perfil de sus protagonistas, una de las características que más llama la atención es su ociosidad. La soledad de este oficio se h a prestado desde antiguo a la conversión del pastor en personaje literario. En el caso concreto de la novela pastoril, los Siralvos, Léñanos o Laurencios que se pasean por estas particulares Ar- cadias sustituyen, las más de las veces, el cuidado del ganado por el lamento amoroso, y es que la literatura les brinda un entorno adecuado para dedicarse a sentir y a hablar del amor. La sombra d e u n árbol y la fresca orilla de un río dan vida a unos campos convertidos en testigos de su malestar; pero, además de cantar y de llorar, estos personales tan acartonados se entregan a una serie de actividades de cariz lúdico, vinculadas a sus circunstan- cias amorosas o ajenas a éstas. El motivo desencadenante suele ser u n a fiesta -casi siempre, unos desposorios o, como sucede en el Siglo de Oro en las selvas de Enfile, unas honras fúnebres. Y para ello, recurren a bailes, a juegos o a diversas competiciones que en unos casos son de procedencia medieval, en otros enrai- zan en la antigüedad clásica o simplemente reflejan algunos de l o s e n t r e t e n i m i e n t o s d e l a España contemporánea. El tono de las novelas cambia, entonces, cuando el narrador se detiene en la descripción de estos episodios. Aunque algu- nos de los protagonistas no puedan dejar al margen su dolor sí que son capaces de entregarse a estas diversiones, entre las que llaman particularmente la atención los juegos, pues en buena parte de los títulos que conocemos aparecen: desde La Diana, de Montemayor a El prado de Valencia, de Gaspar Mercader, pa- sando por la curiosa novela de Ana Francisca Abarca de Bolea, Vigilia y octavario de San Juan Bautista, o la más conocida Galatea, NRFH, LV (2007), núm. 1, 51-75