131 Se hace ahora con Juan de Miranda con motivo de su tricentenario, pero son necesarios proyectos similares respecto a otros artífices anteriores y coetáneos. Tal vez el caso más llamativo es el de José Rodríguez de la Oli- va, apodado el Moño. Al margen de contribuciones más o menos concretas en artículos o fichas catalográficas, fue objeto de sendos estudios publicados por Padrón Acosta en los años cuarenta y de una monografía por Fraga González en 1983 3 . Pendiente todavía su volumen en la Biblioteca de Artistas de Canarias, que lleva más de setenta volúmenes publicados, demanda una revisión y una puesta al día cuatro décadas después de su último análisis de conjunto. Algo parecido sucede con Gaspar de Quevedo. Aunque tardó más en ser conocido para la historiografía del arte, cuenta con dos libros monográ- ficos preparados también por Fraga González en 1977 y 1991 4 . Desde entonces ha merecido atención parcial y se han hecho contribuciones relevantes sobre su vida y su obra, entre ellas, la confirmación de su aprendizaje en Sevilla con el maestro Miguel Güelles 5 ; pero carece de un nuevo estudio de conjunto, trascurridas ya tres décadas de haberse publicado el último. Más fortuna historiográfica, si puede llamarse así, ha tenido Cristóbal Hernández de Quintana. Nunca olvi- dado del todo, algunos artículos de Tarquis y, especial- mente, un libro de Martín González lo recuperaron en los años cincuenta del siglo xx. Una monografía prepa- rada a la vez que una exposición y su capítulo en la te- sis de Rodríguez González precedieron al volumen que escribimos casi veinte años después, en 2003, para la Biblioteca de Artistas Canarios 6 . Aunque se han sumado obras y noticias biográficas en diversas publicaciones, La pintura canaria hasta Juan de Miranda: canon, historiografía y secuencia Carlos Rodríguez Morales En memoria de Carlos Gaviño de Franchy, que puso a Quintana en mis manos 1 Alonso, M. R. (1944), pp. 254-281. Alonso, M. R. (1945), pp. 446-461. 2 Rodríguez González, M. (1986). 3 Padrón Acosta, S. (1943), pp. 14-29. Pa- drón Acosta, S. (1949), pp. 37-54; Fraga González (1983). 4 Fraga González, C. (1977). Fraga Gon- zález, C. (1991). 5 Rodríguez Morales, C. (2007), pp. 131-139. 6 Rodríguez Morales, C. (2003b). En 1944 y en 1945 María Rosa Alonso publicó en la Revista de Historia de la Universidad de La Laguna sen- dos trabajos en los que planteó un índice cronológico de pintores canarios 1 . Fue una iniciativa pionera, en cuanto relación de autores de los que constaba su dedicación a la pintura en las islas. César Manrique (1919-1992), entonces aún joven, cerró una lista abierta por Cristóbal Hernández de Quintana (1651-1725), el primer artífice del que entonces se sabía –o se suponía saber– lo sufi- ciente de su vida y de su obra como para redactar una reseña biográfica. Además de él, solo otro había prece- dido a Juan de Miranda (1723-1805), José Rodríguez de la Oliva (1695-1777); los demás fueron coetáneos o posteriores. Esta escueta nómina de tres pintores que trabajaron en el siglo xviii en las islas contrasta con la de ciento uno recogida cuatro décadas después por Mar- garita Rodríguez González en su tesis doctoral 2 . Aunque de algunos de ellos se contaba solo con indicios o re- ferencias, no con obras, el panorama era ya sustancial- mente distinto, consideración que hoy puede hacerse extensiva y ampliarse. En buena medida, el conocimiento sobre el arte pictó- rico canario ha avanzado a través del estudio de autores que han tenido y mantienen la condición de referentes para la historiografía. Las aportaciones realizadas duran- te las últimas décadas han supuesto una importante re- novación: se ha incrementado el registro tanto de nom- bres como de obras y se han planteado nuevas lecturas y análisis. Por eso conviene cada cierto tiempo revisar de forma monográfica las personalidades –su actividad, su estilo, su catálogo– sobre las que poco a poco se ha ido definiendo un determinado canon de la pintura isleña.