PH Boletín 20 87 ARTÍCULOS Desde comienzos de la década de los setenta la economía mundial está experimentando transforma- ciones que suponen una verdadera mutación de la realidad social y económica hasta ahora dominante. La creciente interdependencia entre naciones, regio- nes y ciudades hace necesario buscar ventajas que permitan a cada ámbito competir en una economía cada vez más global, lo que sin duda exige un mejor aprovechamiento de los recursos propios. En este sentido, y a diferencia de lo ocurrido en etapas an- teriores, empiezan a identificarse recursos alternati- vos, generalizándose cada vez más la tesis de que todo proceso de desarrollo debe basarse en la utili- zación racional equilibrada y dinámica de todos los bienes de capital, ya sean éstos monetarios, huma- nos, físico-naturales o culturales (CEPAL, 1991 y 1992; Allende, J., 1995). Esta nueva forma de concebir los bienes o recursos difiere sustancialmente de aquel otro enfoque tradi- cional que vinculaba el crecimiento económico al ca- pital monetario, olvidando cualquier otra forma de patrimonio. Así, los recursos naturales se considera- ban bienes libres e inagotables que quedaban al margen del sistema, la mano de obra no era sufi- cientemente valorada al ser abundante y barata y el patrimonio cultural quedaba aún más lejos de la ló- gica productiva. La revalorización de estos otros bie- nes se ha ido produciendo a lo largo de las últimas décadas. La primera llamada de atención está rela- cionada con el agotamiento de los recursos natura- les y el progresivo deterioro ambiental que, desde la década de los setenta, obligan a revisiones concep- tuales de buena parte de la terminología científico-económica (Mishan, E.J., 1967; Meadows, D.H. y otros, 1972; Mesavovic, R.-Pretel, J., 1974; Le- ontief, W., 1977). Constituyen una buena prueba de este cambio los conceptos renovados de recurso, coste medioambiental, etc., y la incorporación, ya en la década siguiente, de nuevas categorías como la de desarrollo sostenible (Brundtland, G.H. y otros, 1989). Pero, en estrecha asociación con el acelerado ritmo innovador que caracteriza a los últimos dece- nios, se revaloriza también el capital humano, inten- tando utilizar su potencial creativo e imaginativo co- mo un activo más que resulta básico para dinamizar la economía (Pérez, C., 1986; Gatto, F., 1990; Oro, L.A., 1991). Por último, empieza a considerarse, aun- que aún de forma incipiente, al patrimonio cultural como un nuevo factor que puede contribuir a po- tenciar el desarrollo, con lo que se llega al aprove- chamiento integral de todas las formas de capital: monetario, ambiental, humano y cultural (CEPAL, 1991; Allende, J., 1995). En consonancia con lo anterior, la definición de pa- trimonio cultural también experimenta algunos cam- bios de interés. Así, la Ley de Patrimonio Histórico Español (Ley 16/1985 de 25 de Junio), que ya signifi- ca una superación de la concepción tradicional del patrimonio –únicamente entendido como objetos o edificios de valor artístico– considera a éste como un bien social y lo define en su artículo primero co- mo el conjunto de “los inmuebles y objetos muebles de interés artístico, histórico, paleontológico, arque- ológico, etnográfico, científico o técnico”, señalando que “también forman parte del mismo, el patrimo- nio documental y bibliográfico, los yacimientos y zo- nas arqueológicas, así como los sitios naturales, jardi- nes y parques, que tengan valor artístico, histórico o antropológico”. En la misma línea se pronuncia la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía (Ley 1/1991 de 3 de Julio). No obstante, otros documentos sin rango legal plantean definiciones más innovadoras. Así, en las Bases para una Carta sobre Patrimonio y Desarrollo en Andalucía (Junta de Andalucía, 1996), se concibe el patrimonio como “el conjunto de elementos natura- les o culturales, materiales o inmateriales, heredados de sus antepasados o creados en el presente en el que los andaluces reconocen sus señas de identidad, y que ha de ser transmitido a las generaciones veni- deras acrecentado y mejorado... el patrimonio debe servir socialmente... ha de tener intencionalidad, que no es otra cosa que la de servir como factor de de- l patrimonio cultural como factor de desarrollo en Andalucía E Inmaculada Caravaca Barroso, David Colorado Campos, Víctor Fernández Salinas, Pilar Paneque Salgado, Raúl Puente Asuero y Carlos Romero Moragas. Una parte de este artículo ha si- do publicada en la Revista de Es- tudios Regionales, nº 47 de 1997, con el título de “Patrimonio cul- tural, territorio y políticas públi- cas. El caso de Andalucía”