Tres mujeres en Inés Arredondo Raquel Velasco A mediados de los años cincuenta, la prosa narrativa en México cambió de perspectiva debido a la presencia de la Generación del Medio Siglo. Encabezada por Juan García Ponce, esta agrupación reunió a Juan Vicente Melo, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Julieta Campos, José de la Colina y, por supuesto, Inés Arredondo, entre otros autores que, además de producir textos en el ámbito de la creación, durante más de un década mantuvieron el control de la crítica tanto li- teraria como de otras disciplinas artísticas con un rigor e ímpetu que, según Juan Vicente, habían perdido las generaciones anteriores (Melo, 1966: 170). La obra de cada uno de estos escritores es testimonio de una forma particular de hacer literatura, de dar libertad a ese yo poético que desde su individualidad interpreta la realidad a partir de una postura analítica y reflexiva caracterizada por la acidez y naturaleza irónica que les permi- tieron desarrollar temáticas comunes como son las diferentes posibili- dades del erotismo y la trascendencia de filosofías existencialistas, que surgen tras los postulados de Nietzsche y la apropiación que de ellos hace Heidegger en su libro Sendas perdidas, donde lleva a cabo un estudio del aforismo “Dios ha muerto”, así como de las repercusiones que ha tenido el mismo sobre la historia contemporánea. Para adentrarse en esta compleja concepción del mundo, definida por la “desvalorización de los valores supremos”, como parte de la Generación del Medio Siglo, Inés Arredondo recurre a la mirada como realización mística de los ojos, de tal forma que la escritura se convierte en una revelación progresiva que se da a través de la contemplación. Ante esto, nuestra autora señala: para mí una mirada es la expresión más significante del ser humano. Casi podría decir que atraparlas, interpretarlas, describirlas, es una de las necesidades básicas de mi temática. No olvidemos que ‘los ojos son las ventanas del alma’ y mi necesidad es la de encontrar y tratar de comprender almas, aunque para ello tenga que recurrir, a veces, al oficio menor de describir caracteres. (Polidori, 1978: 11) 101