32 Pliegos de Rebotica ´2016 LA REALIDAD BAJO LA ALFOMBRA C C ualquier época histórica que consideremos podemos ca- racterizarla –o calificarla, con todo lo que ello tiene de subjetivo– por diversos aspectos que, de alguna manera, repre- sentan globalmente a dicha época. A mí se me antoja que la actual –ya bien entrado el siglo XXI– podría- mos caracterizarla como la era de la trivialidad. Si aceptamos como buena la defini- ción del Diccionario de la Real Acade- mia Española (DRAE), trivialidad es la cualidad de lo tri- vial o común, algo sabido por todos y cosa que carece de importancia. El término trivial proviene del latín tri- vium, nombre con el que se designaba al conjunto de las tres materias más sencillas –formado por la lógica, la gramática y la retórica– que constituían la base de la formación medieval, una forma de preparatorio para en- frentarse a las materias más avanzadas, encuadradas en el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y músi- ca). Es decir, lo trivial se ha convertido en sinónimo de algo introductorio, simple o poco elaborado. En mate- máticas, también lo trivial ha adquirido el sentido de lo simple, de lo que resulta obvio para todo el mundo, aun- que sea un lego en la materia; aún más, lo trivial se ha convertido en la representación de las opciones poco interesantes. Son, por así decirlo, el cero absoluto de la temperatura de la inteligencia; las soluciones triviales de una ecuación son las que primero hemos de desechar, si queremos salir del ostracismo científico. La trivialidad se ha convertido en la forma de intelec- ción personal habitual; cualquier tema o incluso senti- miento es reducido a sus mínimas proporciones y des- naturalizado hasta superar el límite en el que lo sencillo se convierte en una vulgar simpleza. La trivialidad nos amenaza con su torpe estupidez, cómodamente asenta- da en la pereza intelectual y emocional, hasta el punto de herir mortalmente a una de las características más genuinamente humanas: la trascendencia, esa portentosa capacidad para ir siempre más allá de donde estamos en cada momento. Ahora, casi todas las decisiones son triviales, están trilladas por una costumbre muerta, que es repetida hasta la náusea. Nos adocenamos plácida- mente, nutriendo nuestras dudas –cada vez más esca- sas e inapetentes– con respuestas simples que ignoran deliberadamente la extraordinaria complejidad de la re- alidad; por eso, al establishment le resulta tan fácil ador- mecernos con la soporífera nana de una tecnología cada vez más supletoria de la conciencia. Complejidad Todo apunta a que nuestra mente cons- ciente no está adecuadamente prepa- rada para aceptar la impredecibilidad. Quizá sea porque disfrutamos de una capacidad portentosa para explicar cual- quier observación que hagamos, hasta el punto de que todo lo que nos llama la aten- ción lo encajamos –aunque sea a martillazos– en un modelo que tenga algún sentido para nosotros. Eso, que en principio es positivo, frecuentemente se alía con nuestra generalizada estupidez –hermana de la va- nidad y prima del orgullo– para producir efectos cier- tamente deletéreos, haciendo que confundamos la in- certidumbre –o aleatoriedad– con el caos. Por definición, algo incierto o aleatorio no es predeci- ble, mientras que el comportamiento de un sistema caó- tico sí lo es, aunque tal predicción sea extremadamen- te difícil o compleja. En nuestra ceguera ontológica, agrupamos o encasillamos las observaciones, las catego- rizamos. Ese proceso acaba por sobreponerse a la cru- da observación, doblegándola hasta que se adecue al ta- maño y la forma de la casilla o categoría. Por tanto, el proceso de categorización, tan común en ciencia, en his- toria y en filosofía, inevitablemente reduce la compleji- dad natural; es como si le cortásemos las piernas al muerto para que quepa en el ataúd. A partir de ahí, se- leccionamos cuidadosamente las observaciones para que se ajusten a esa reducción de la realidad y nos que- damos tan satisfechos, pensando que así hemos demos- trado la veracidad de nuestro modelo. La realidad es el todo, seamos o no capaces de apre- ciarlo o percibirlo, antes, ahora y en el futuro. Es la glo- bal y mutua interrelación existente entre toda disposi- ción de la materia y la energía, en el tiempo y en el espacio, tanto en su forma inanimada como en su par- ticular concreción en la vida, en la mente consciente e inconsciente que busca conocer y encontrar sentido al universo, a través del espíritu ético, de la sensibilidad ar- tística, del conocimiento sistemático y el sentimiento de estar ligado con el resto del universo. En esa interrelación en la que todo depende de todo, una de las manifestaciones que más llaman mi atención es la extraordinaria capacidad que tiene la realidad pa- SANTIAGO CUÉLLAR La trivialidad