PRISCILIANO Y SU SIGNIFICADO INTELECTUAL José Luis Abellán M e hallaba en los Estados Unidos al preparar esta conferencia, · y se me ocurrió -antes de ordenar mis notas- consultar algunos dic- cionarios y enciclopedias sobre religión y filosofía en lengua inglesa para sopesar el punto de vista anglosajón en la consideración del tema. Mi sor- presa no pudo ser mayor, al encontrarme que en la casi totalidad de ellas el nombre de «Prisci- liano» o el de «priscilianismo» brillaba por su au- sencia. No es que se diera poca o escasa atención; es que sencillamente no aparecía. Estamos cansa- dos de oír que el priscilianismo fue un movimiento español y que su mayor arraigo se produjo dentro de la Península, pero aquello era evidentemente la prueba más elocuente que yo hubiera podido sos- pechar. En el carácter netamente español del pris- cilianismo insisten, por otro lado, estudiosos tan dispares como Menéndez Pelayo y Fernando de los Ríos, a pesar de estar en los antípodas ideoló- gicos el uno del otro. Un resultado lógico de la afirmación anterior es que la historia del priscilianismo ha sido hecha por autores españoles, aunque haya también nombres extranjeros -Schepss , Paret, Babut, Chadwick- cuyas aportaciones es imposible desconocer. El que la historia del priscilianismo haya sido hecha básicamente por autores españoles, no tendría por qué ser especialmente lamentable, si no se uniese a lo anterior el que los investigadores implicados fuesen casi siempre -y salvo muy raras excepcio- nes- católicos y eclesiásticos. Se da así la circuns- tancia de que la mayor parte de estos estudiosos se enfrentan al tema con la obsesión de demostrar el carácter herético del movimiento y salvar la posible responsabilidad de la Iglesia Católica. Cuando los documentos publicados por Georg Schepss favorecieron la interpretación de que en la doctrina de Prisciliano no había nada propia- mente herético que justificara la condena, enton- José Luis Abellán 41 ces los historiadores católicos empezaron a insistir en el hecho de que la sentencia que llevó a la ejecución no se inspiraba tanto en las doctrinas teológico-religiosas como en la práctica del male- ficio, recordándonos la tremenda animadversión que los emperadores cristianos tenían por la ma- gia, a la que consideraban un qimen intolerable. Desde este punto de vista enfatizan la idea de que Prisciliano no fue condenado por hereje, sino por sus prácticas mágicas. Por otro lado, insisten también en el hecho -hoy históricamente irrefuta- ble- de que fue juzgado por un tribunal civil en Trévesis, que era entonces capital interina del usurpador del Imperio occidental, Clemente Má- ximo; la interinidad de éste hizo posible un juicio irregular -al que se opusieron autoridades religio- sas tan significativas de su tiempo como San Mar- tín de Tours y San Ambrosio de Milán-, en el que fueron sentenciados y decapitados, junto a Prisci- liano, Latroniano, Eucrocia, y otros cuatro (1) . Por eso puede considerarse como opinión común a todos estos historiadores católicos la que resu- midamente presenta uno de ellos cuando escribe: «En todo caso, no puede presentarse a Prisciliano como el primer caso de intolerancia de la Iglesia, pues no fue juzgado por la Iglesia, sino por la autoridad civil; ni como el primer hereje senten- ciado por sus ideas, pues no fue condenado por sus ideas religiosas, sino por sus prácticas de ma- gia» (2). A lo largo de la exposición que vamos a hacer aquí brevemente veremos cómo estas afir- maciones hay que reconocerlas muy considera- blemente. Me parece que en todo lo anterior hay un in- tento de separar con un hiato infranqueable la distancia entre Prisciliano y el priscilianismo, a fin de salvar a aquél y condenar éste. Un autor re- ciente resume el estado de la cuestión de la si- guiente manera: «A la muerte de Prisciliano for- mose una secta herética (los priscilianistas) que