La exclusión residencial severa. El caso de las personas inmigrantes sin hogar 1 Pedro José Cabrera Cabrera Departamento de Sociología y Trabajo Social Universidad P. Comillas de Madrid pcabrera@chs.upcomillas.es Si repasamos el Diccionario, nos encontramos con que la palabra exclusión se refiere tanto a la acción como al efecto de excluir, es decir, tanto al proceso, a la dinámica de la exclusión como al resultado, al producto final que resulta de ella. Y por exĐluir la Real AĐadeŵia Ŷos propoŶe tres posibles acepciones: (1) Quitar a alguien o algo del lugar que ocupabalo que nos remite inevitablemente a una topología, a una configuración en el espacio, la exclusión conlleva una geografía, una geopolítica que organiza la exclusión en torno a fronteras, a veces simbólicas, pero no por eso menos reales que las que separan unos espacios de otros mediante vallas, muros o barreras electrónicas; (2) La segunda acepción del verbo excluir consiste en Descartar, rechazar o negar la posibilidad de algo, lo que aplicado a los seres humanos implica mermar sus oportunidades vitales, reducir o anular su participación en el curso de la acción colectiva; todo lo cual viene a traducirse en una imposibilidad para la interacción social que es la que refleja la tercera y última acepción del término: (3) Dicho de dos cosas: Ser incompatibles. Esta incompatibilidad relacional, favorecida por la asignación de uno u otro estigma, se erige en fundamento y objetivo de cualquier forma de racismo y xenofobia, y sirve para organizar la segregación espacial y la asignación desigual de privilegios y/o desventajas sociales. La expresión máxima de la exclusión residencial, es aquella que en el marco de sociedades ricas en recursos de todo tipo, niega a algunas personas la posibilidad de contar con un alojamiento, un lugar en el que refugiarse durante la noche, establecer su malla de relaciones sociales y radicar su biografía. Vivir sin hogar, para algunos, no es sólo una expresión simbólica para aludir al desarraigo existencial que acompaña la modernidad, sino la descripción literal de sus condiciones materiales de vida. Si a lo largo de la historia, la humanidad ha tenido que vivir en condiciones habituales de escasez que entrañaban no poder contar con techos suficientes donde poder alojarse todos dignamente, la situación actual de nuestro país no tiene nada que ver con esa penuria de alojamientos sino más bien con la perversa lógica de distribución excluyente de los mismos que hace posible la existencia de más de 3 millones de viviendas vacías -que no se utilizan ni siquiera como vivienda secundaria-, mientras viven literalmente en la calle o en albergues de emergencia, algo menos de treinta mil personas. Cien techos sin usar, por cada persona sin techo, viviendo en la calle o casi. 1 Publicado en la Revista MUGAK Nº 46 (2009)