E. T. Montoro del Arco y J. A. Moya Corral (eds.): El español en contexto. Actas del las XV Jornadas sobre la lengua española y su enseñanza. Granada: Universidad de Granada. EUFEMISMOS Y DISFEMISMOS EN EL DISCURSO PARLAMENTARIO ESPAÑOL Francisco José Sánchez García Universidad de Córdoba 0. INTRODUCCIÓN Esta comunicación está dedicada al examen de algunos ejemplos de eufemismos y disfemismos en el lenguaje político y, más específicamente, del discurso parlamentario español, para lo cual nos hemos servido de un corpus integrado por los últimos debates sobre el estado de la nación. Es importante hacer esta distinción liminar entre el discur- so político (en general) y el parlamentario, dado que hay grandes diferencias entre la intervención de un líder en una rueda de prensa, en una entrevista de radio o televisión, o en el ejercicio de su actividad parlamentaria en el Congreso o en el Senado. Por esta razón, y como muy oportunamente señala Arce Castillo (2006), las diserta- ciones políticas conocen una gran variación, que discurre desde el apego al registro más coloquial (para autoalabarse o atacar con dureza los argumentos del adversario), al más ambiguo y formal en los casos en que se hace necesario alcanzar un distanciamiento del propio discurso; por ejemplo, cuando el político “se defiende de una acusación, o tiene que salir de una situación comprometida”, echa mano de eufemismos y un tono mucho más retorico, con el objeto de enmascarar la realidad deliberadamente bajo una pátina de ambigüedad. De este modo, nos encontramos ante una herramienta lingüística de manipulación, destinada (al igual que otros recursos como la metáfora o la falacia), a la persuasión masiva de los ciudadanos. Indudablemente, y en ello coincidimos con Félix Rodríguez, el eufemismo se erige como uno de los mecanismos más claros de que dispone el lenguaje para ejercer el con- trol ideológico. A este respecto, conviene aclarar, de entrada, que cualquier partido polí- tico va a tender siempre a ofrecer una imagen positiva de su grupo y negativa del con- trario, lo cual se concreta en un hecho evidente: tanto los políticos como su prensa afín tienden a exagerar los logros y éxitos de gestión propios, y los fracasos ajenos. Por el contrario, no se suelen divulgar los éxitos ajenos y los fracasos propios, y ello justifica que, por ejemplo, un dato positivo de descenso del número de parados reciba un trata- miento tan desigual en la prensa, que siempre dependerá de la afinidad ideológica del medio con el Gobierno de turno. El uso del eufemismo como herramienta de atenuación en el discurso político ha sido ampliamente abordado por Núñez Cabezas y Guerrero Salazar (2002: 47-61). Al igual que a estos autores, no nos interesan los eufemismos que reemplazan palabras tabú (co- mo tacos o palabras malsonantes), sino aquellos que se utilizan como instrumento para disfrazar la realidad. Para Bernardino M. Hernando (1990), el uso del eufemismo obedece a cuatro fines: disfrazar lo feo de bonito o neutro, disfrazar lo fácil de complicado, disfrazar la vacui- dad de palabrería, y disfrazar lo concreto de vaguedades. En ocasiones, un sustituto eufemístico válido puede ser el recurso a lo que Hernando llama “lenguaje amortigua-