AÆS-5, pp. 183-194 El templo de la Logia Añaza Miguel Ángel Molinero Polo Manuel de Paz Sánchez Universidad de La Laguna Tenerife En 1723, sólo unos años después de la creación de la Gran Logia de Londres, primer taller de Francmasonería “especulativa”, Anderson establece en sus Constituciones el origen legendario de la tradición masónica, al tiempo que define la finalidad y organización de la nueva sociedad. Desde este documento inicial se ponen de manifiesto los lazos complejos que ligan la Masonería a los gremios medievales de constructores de catedrales, los masones (albañiles) “operativos”: la concepción de Dios como Gran Arquitecto del Universo; la logia, en recuerdo del local adosado al edificio en construcción donde se guarecían los trabajadores y transmitían sus conocimientos; los tres primeros grados iniciáticos: aprendiz, compañero y maestro; el utillaje simbólico: escuadra, compás, nivel, plomada, mallete, además de mandil y guantes. Cuatro siglos antes, en el s. XIV italiano, el descubrimiento de los textos atribuidos a Hermes Trismegisto y el de los Hieroglyphica de Horapollo habían suscitado una fascinación inesperada. Los escritos herméticos, redactados en los ss. III-IV, probablemente en Alejandría, están impregnados de un fuerte neoplatonismo, que se impuso en la Europa renacentista tras su traducción por Marsilio Ficino en 1471. Retomando las afirmaciones de los autores griegos, Egipto empezó a ser considerado en determinados círculos como el fundamento de toda sabiduría, en oposición a la idea negativa que proporciona el Antiguo Testamento, y algunos teólogos aceptaban la posible influencia de sus creencias sobre el propio cristianismo. Pero toda la ciencia faraónica quedaba velada por una escritura jeroglífica que la ocultaba y transmitía al mismo tiempo y que, siguiendo a Horapollo, sólo había sido accesible a los iniciados. Durante el s. XVI, el hermetismo neoplatónico se funde con las ideas cabalísticas y la alquimia en el seno del movimiento rosacruz. Éste también se hacía eco de la obra de teólogos como Giordano Bruno, quien defendía, tomando como base los cultos isíacos, que las diferencias religiosas podían ser superadas a través del amor 1 . Así, una de las primeras exposiciones de la fraternidad universal en el pensamiento de Occidente quedaba conectada con lo que se conocía de la religión egipcia. Desde la fundación de la Masonería especulativa, la tradición operativa medieval se fue enriqueciendo con los símbolos y creencias de buena parte de estas corrientes espirituales. Pitagorismo, Hermetismo, Cábala, tradición caballeresca y templaria, los diversos ensayos de reconciliación de ciencia y 1 Yates, apud Curl, 1982, 61.