“La memoria en San Agustín: imagen del tiempo y enigma de la eternidad” Valentín Cricco El problema del tiempo en San Agustín es una de las cuestiones más complejas y acuciantes, no sólo en referencia a su pensamiento, sino también por la trascendencia y el influjo que ha tenido a partir de la Edad Media hasta su repercusión en la filosofía contemporánea. Este tema lleva a plantearnos la dimensión metafísica de la relación entre el alma y el tiempo desde la perspectiva cosmológica a partir de la teología agustiniana de la creación que deriva al problema antropológico de la contingencia humana entre el Ser y la nada absolutos y a la angustia existencial por el tiempo. A partir de esta dialéctica de la temporalidad emerge la diferencia ontológica entre lo temporal y lo eterno, cuya inconmensurabilidad determina la tensión bipolar entre la mutabilitas de lo creado y la eternidad divina, irresuelta indefinidamente en su diferencia pero, al mismo tiempo, reconciliada en la similitudo con la “imagen y semejanza de Dios”. Pero hay un aspecto crucial que San Agustín desarrolla extensamente en su tratado De genesi ad litteram y es la creación del hombre y del tiempo en cuya simultaneidad del (in principio creavit Deus caelum et terram) advierte dos fases o aspectos sucesivos del acto creador. El primero se expone en los versículos 26 y 27 del capítulo primero del Génesis que relatan la obra del sexto día con la creación del hombre junto con los otros seres, varón y hembra los creó “a imagen y semejanza de Dios” y el segundo momento en el versículo 7 del capítulo segundo, donde se describe que Dios formó a Adán del polvo de la tierra, sopló sobre él y extrajo a Eva de su costilla. Según el primer modo Dios formó al hombre –dice Agustín- en “un cierto secreto de la naturaleza” (in secreto quodam naturae aliter factus ) y según su imagen, “en aquel día espiritual cuando fueron creadas todas las cosas simultáneamente, en su temporalidad virtual y futurible. Entonces –escribe- lo fue “como potencia incrustada seminalmente en el mundo, (seminaliter mundo inditam), por la potencia divina, de modo invisibiliter, potentialiter et causaliter.” Pero luego, cuando el hombre fue formado del limo de la tierra, según Génesis II, lo fue “según la eficacia de todo lo que se desenvuelve en el tiempo, por la que hasta el presente trabaja (sed ad operationem pertinet qua usque nunc operatur), en la temporalidad de la naturaleza, procedente del germen o la raíz de los tiempos pero desplegados per temporales moras, por lapsos de tiempo. En el principio fue de un modo y después de otro diferente: aliter tunc, aliter postea. En aquel dies spiritualis del principio se creó, en correspondencia, una materia spiritualis que se concibe negativamente, no por formas sensibles e inteligibles, por ser proveniente de una materia formable , informis-formabilis. Pero, no obstante “es algo”, un nihil aliquid, del cual posteriormente habrá de formarse el alma. Su racionalidad le adviene al alma por la acción del Verbo, que es principio y nos habla y por su potencia de serlo desde aquella materia originaria, no aún por el ejercicio de sus facultades, que permanecían en estado larvado, en un movimiento inactivo del sentir , en quietus motus sentiendi (VII, 9, 12), sino por su condición de inacabada y en germen de devenir. 1