La vida en una sociedad transcurre en ámbitos muy diver- sos, desde el medio que la rodea, los animales, plantas, hon- gos y demás organismos de los que se alimenta, los mate- riales con que se construyen las habitaciones, sus cultivos, hasta lo simbólico, lo sagrado, las concepciones sobre el mundo, la imagen del cosmos que comparten. Cuando una sociedad desaparece por alguna causa, todo ese universo queda a la deriva, sepultado por la tierra y el tiempo. ¿Cómo saber a partir de los vestigios que se logren recuperar la ma- nera como vivían, pensaban, sentían los miembros de dicha sociedad? Nada simple, y la historia ha mostrado que mu- chos de las ideas que se tenía acerca de civilizaciones como la egipcia o la maya estaban lejos de ser acertadas. La arqueología contemporánea ha tenido la suerte de que algunas tecnologías y métodos de estudio empleados en disciplinas tan disímbolas como la física molecular, la quí- mica, la genética y la ficología resulten de gran ayuda en su labor de investigación. Esto ha generado un acercamiento paulatino de científicos de distintas áreas con los arqueólo- gos y viceversa, y la conformación de equipos multidiscipli- narios abocados a un proyecto específico, como acontece en el Templo Mayor en la ciudad de México, en Teotihua- can, en Bonampak y varios otros sitios precolombinos. Los resultados son de gran magnitud y valía. Se ha lo- grado poner en evidencia la presencia de objetos proceden- tes de culturas distantes, se ha determinado el origen de los materiales de muchas piezas, la manera como eran retoma- dos objetos de culturas anteriores —como ocurre con el uso de máscaras teotihuacanas en el Templo Mayor—, se ha de- finido con precisión la fauna ritual encontrada en los tem- plos así como su procedencia, el origen de las personas que moraban en las grandes metrópolis como Teotihuacan, en fin un cúmulo de datos que permiten tener una imagen más nítida del modo de vida de las antiguas sociedades meso- americanas, y que al mismo tiempo proporcionan claves para entender su manera de ver el mundo, de pensar y re- lacionarse con el entorno y los pueblos de ese entonces. El trabajo interdisciplinario no sólo ha permitido tener una mejor comprensión del pasado, es también fundamen- tal para asuntos de nuestra época. Muchos de estos méto- dos se han empleado en la localización de desaparecidos bajo regímenes militares, como en Argentina y España, o en la ubicación de asentamientos de los pueblos indígenas ama- zónicos que han sido despojados de sus tierras —el estable- cimiento de los lugares en donde enterraban a sus muertos o acostumbraban vivir durante cierto momento del año sir- ve como prueba para recuperar y delimitar su territorio. En suma, es una forma de colaboración que ha resultado enor- memente fructífera. Por su composición y riqueza, nuestra universidad po- see un gran potencial para la formulación de proyectos in- terdisciplinarios y transdisciplinarios. Sin embargo, con frecuencia esta intención sólo queda en el título, ya que muchos proyectos terminan en la realización del trabajo de la misma manera como suele efectuarse en cada una de las áreas convidadas a participar, juntando en un reporte los informes aislados, sin conexión alguna, sin diálogo entre las áreas. Con los textos aquí publicados deseamos mostrar que la interdisciplina es posible y que los resultados que con ella se obtienen valen las dificultades a que se enfrenta este tipo de colaboración. Asimismo, algo en lo que siempre hemos insistido, buscamos abrir el espectro de posibles campos de trabajo para los estudiantes de ciencias, dando a conocer casos específicos en donde es posible aportar las habilida- des y conocimientos de esas áreas. Y también, por qué no, que los arqueólogos se acerquen con mayor frecuencia a los institutos y facultades de ciencias. Sería deseable que la interacción de las ciencias sociales y las naturales fuera algo común. editorial