junio 2009 31 El día después del desarrollo Eduardo Gudynas Enfrentar las limitaciones del desarrollo actual como la búsqueda de alternativas no es una tarea sencilla. La mayor parte de las personas creen sinceramente en los sueños que alienta ese concepto. Muchos ambicionan un lujoso automóvil, los electrodomésticos más moder- nos, teléfonos celulares de última generación, aire acondicionado en sus casas, y televisión satelital. Los medios de comunicación alien- tan esos sueños y los políticos los repiten en sus discursos. Desde la academia convencio- nal se insiste una y otra vez en afirmar que debemos marchar al ritmo del progreso eco- nómico; se pueden discutir los instrumentos y los medios que sustentan el progreso, pero la esencia de esa idea no la ponen en duda. Los académicos y los políticos apenas discuten sobre cómo aplicar esas recetas de la manera más eficiente o más veloz. Las personas que cuestionaban esas ideas fue- ron durante mucho tiempo una minoría. Eran presa fácil de las críticas superficiales, acu- sándolos de impedir el desarrollo de nuestros países o carecer de seriedad técnica. Pero en poco más de dos décadas la situación ha co- menzado a cambiar sustancialmente. Los proyectos de desarrollo clásico no han fructificado, persisten enormes problemas so- ciales y ambientales. El andamiaje del capita- lismo mercantilizado, recostado en las finan- zas globales, ha entrado en crisis. Tampoco debemos olvidar que también se desplomó el socialismo real, a fines de la década de 1980, y que su apuesta también apuntaba al mismo sueño desarrollista aunque intentaba lograrlo por otro medios. De esta manera, en un pe- ríodo de apenas dos décadas, casi un instante en tiempos históricos, los grandes marcos con- ceptuales que sostenían las ideas convencio- nales de desarrollo, entraron en crisis. La situación es todavía más compleja debido a que, especialmente en América Latina, las reformas de inspiración neoliberal vaciaron todavía más a las ideas clásicas del desarro- llo al suponer que todo sería resuelto por el mercado. La aspiración de generar políticas de desarrollo y sus instrumentos de planifi- cación, comenzaron a desvanecerse tanto en los gobiernos, las universidades y las agencias internacionales. Uno de los ejemplos más dramáticos fue la casi total desaparición del “desarrollo rural”, reemplazado por el geren- ciamiento de proyectos y la mirada mercanti- lista sobre el campo y los campesinos. En ese desierto, donde no hay casi nada, es enten- dible que muchos reclamen la reconstrucción de un desarrollo rural. Pero también sabemos que este nuevo esfuerzo no puede repetir los errores de las viejas ideas del desarrollo. La crítica del desarrollo también se nutrió de muchas experiencias ciudadanas, y los ensayos que se originaron en su seno han mantenido viva la posibilidad de las alternativas. Otros, si bien utilizaban la palabra “desarrollo”, imponen cambios tan radicales a la fórmula convencional que su resultado es muy distinto (por ejemplo, como sucede con el “desarrollo sostenible superfuerte”). Incluso se han re- cuperado ideas tradicionales para ponerlas en un nuevo contexto, como el sumak kawsay, el buen vivir de las culturas andinas. El cuestionamiento del llamado postdesarrollo contribuyó a dejar en claro que las palabras no son ingenuas, ya que encierran significa- dos, culturas y acciones. Entonces, cuando se habla de desarrollo, casi todos expresan los viejos sueños del progreso económico con sus enormes fábricas de chimeneas humeantes y miles de grandes tractores en el campo.