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En portada: «Pieza del trimestre» (octubre-diciembre de 2012), por gentileza del
Museo Nacional del Teatro
F. Bixio y Cia (Buenos Aires)
Retrato de Edmond de Bries, imitador de estrellas
Fotocromo. 142 x 75 cms.
Ca. 1920
En la última década del siglo XIX, la presencia masculina en los espectáculos de variedades era más bien
escasa o prácticamente nula. Este suceso es algo extranísimo, si tenemos en cuenta que las variedades en
España fueron casi una adaptación de las que se venía haciendo en Francia, allí artistas como Mayol,
Polin, Wassor, Sinoël, Paulus, entre otros, competían por la fama con estrellas del sexo opuesto.
La aparición en los escenarios del transformista italiano Leopoldo Frégoli supuso para España
un fuerte impulso en el salto a la escena de los hombres, pues si estaba mal visto dedicarse al espectáculo
frívolo, una solución fácil era la de vestirse de mujer y hacer un número tan sicalíptico como el público
esperaba desde el más profundo anonimato.
A principios del siglo XX fueron pocos los transformistas o imitadores de estrellas que brillaron
en la escena española, sólo por mencionar unos pocos, destacaríamos a Robert Bertin, Antonio Alonso,
Loperetti, Luisito Carbonell, Freddy, Derkas, Ramper, Puisinet, Genaro- el feo o Edmond de Bries.
Tanto Edmond de Bries como Manuel Izquiero, “Derkas”, fueron personajes muy popul ares.
Incluso Lawrence Senelick los equipara a Bert Errol en Inglaterra o a Francis Ranault en los EE.UU. A
pesar de todo, estos artistas que imitaban a estrellas, tanto en indumentaria como en la voz, no gozaron
de mucho éxito y su presencia en los escenarios no duró mucho años.
Sin duda alguna, uno de los ejemplos más destacados de imitadores de estrella en España fue el
cartagenero Asensio Marsal, “Edmond de Bries”, como bien queda reseñada en la interesante nota
biográfica realizada por Álvaro de Retana:
“Debutó en el teatro de la Encomienda de Madrid, anunciándose simplemente Marsal. Luego
se puso Salmar, y, finalmente, Edmond de Bries.
Con este remoquete asombró por su artes y su lujo en España y las dos Américas. Ganó una
verdadera fortunar, que derrochó alegremente en vestuarios y decorados. En algunas
versiones femeninas, superaba a las estrellas imitadas.
Sin embargo, falleció tristemente, fané y descangayado, en Barcelona durante la guerra civil
española. Arruinado física, económica y moralmente por una mala pasión. Si le hubieran
paseado los rojos harbría tenido una muerte novelesca y correspondiente a su leyenda
turbulenta; pero murió dentro de las más lastimosa vulgaridad, atendido por caritativos
amigos de última hora. Sus plumas y tisúes, sus pedrerías y mantones de Manila
confeccionados expresamente para él serán de inolvidable memoria en la Historia de las
Variedades Hispanas”