337 XL 2013, pp. 337-352 Antonio Malalana Ureña, Jorge Morín de Pablos, Rafael Barroso Cabrera Acerca de la funcionalidad de los denominados “silos-basureros”: una propuesta metodológica para el estudio de la agricultura andalusí en época califal y taifa 1. INTRODUCCIÓN Durante el califato y el periodo de las taifas, entre los siglos X-XI, tuvo lugar en al-Andalus el desarrollo de una agricultura de base cerealista de carácter extensivo basada en el cultivo del trigo y el olivo. Se sabe por testimonios literarios que algunos territorios andalusíes destacaban por su alta producción agra- ria, como es el caso del Levante, especialmente la comarca de Sangonera, o por su calidad, como sucedía con las cosechas del alfoz toledano (LÉVI-PROVENÇAL 1996: 162). Precisamente re- firiéndose a la ciudad de Toledo, al-Rāzī, cronista de la primera mitad del siglo X, comentaba que allí se encontraba «la mejor tierra de panes, tanta por tanta, que en toda tierra de España sea. E es tierra de buenos ayres, e el pan dura y mucho e non pude nin se daña, e pueden y tener el trigo diez años, que no sea muy dañando quando se guerreaua. E el su açafran es mejor que toda lo de España en tinta e en color» (LÉVI-PROVENÇAL 1953: 80; AL-RĀZĪ 1975: 65-66). Asimismo, Al-Bakrī, geógrafo del siglo XI y autor de una estimable geografía de España (Kitāb al-masālik wa-l-mamālik), resaltaba la calidad del cereal toledano: «De entre sus peculiaridades [de Toledo] hay que destacar que sus trigos no se alteran, ni se agusanan con el tiempo: los reciben en herencia de los antecesores. El azafrán de Toledo cubre el país, y se provee de él a las zonas más lejanas» (AL-BAKRĪ 1982: 25). Esta economía cerealista permitía a la población desarrollar otras actividades complementarias especialmente productivas. Las extensas zonas forestales y los valles fluviales configuraban espacios óptimos para el progreso de la ganadería y los cultivos hortofrutícolas. El regadío registró un gran impulso gracias a la construcción de canales de riego o la introducción de azudas y norias de sangre, avances que permitieron compaginar este tipo de agricultura con la labor de secano. Las huertas en zonas de valle y sobre todo en los grandes cauces fluviales debían ser habituales en el paisaje de al-Andalus y, en este sentido, Toledo, situada en pleno valle del Tajo, no era una excepción. Al-Idrīsī, geógrafo del siglo XII, destaca de ella «la fertilidad de sus campos, regados por el gran río llamando Tajo», con nume- rosos jardines rodeando la ciudad «regados por canales, sobre los cuales hay establecidas ruedas de rosario destinadas al riego de las huertas, que producen en cantidad prodigiosa frutos de una belleza y una bondad extraña» (AL-IDRĪSĪ 1866: 178-179; ID. 1977: 227-228). También al-H . imyarī, geógrafo magrebí tardío (ca. siglo XV), transliterando algunas de las ideas de al- Idrisi, subraya de Toledo su cinturón de jardines regado por un complejo sistema de canales, infraestructura que era abastecida por norias de cangilones. Las huertas producían buenos frutos que no tienen comparación y la ciudad toda estaba rodeada por «ricas aldeas agrícolas y sólidas fortalezas» (AL-H . IMYARĪ 1938: 160-161; ID. 1963: 269). De igual modo, la Descripción anóni- ma de al-Andalus, obra redactada en la segunda mitad del siglo XIV o en el XV, que recopila fragmentos de escritos anteriores, señala, refiriéndose a Toledo, la abundancia de «medios de subsistencia: trigo, miel, frutos, árboles frutales y aguas. Cuenta con numerosos edificios y maravillosas construcciones; su tierra es magnífica y su clima muy saludable; las cosechas de otoño se recolectan a los cuarenta días de la siembra, posee enormes campos de labor», con importantes cultivos de castañas, cerezas, nueces y manzanas (Descripción 1983: II, 55). Esta realidad descrita por los geógrafos árabes para Toledo es aplicable a las grandes ciudades andalusíes. De alguna manera, los geógrafos coinciden en sus apreciaciones sobre la Península y casi todos ellos proporcionan una visión unánime que reflejaba un al-Andalus fértil, un país cerealista, arbolado y aplicado en la cultura del regadío, cuya principal consecuencia sería la prospe- ridad. Es posible que parte de esta literatura pueda considerarse tópica, dado que los autores se copian unos a otros o se inspiran en textos anteriores, pero no cabe duda, dado el progreso cultural y económico de las taifas, que encierran no poco de verdad. En este contexto, Ibn H . awqal, geógrafo y viajero árabe de la segunda mitad del siglo X nos ha dejado una visión extraordi- nariamente positiva de al-Ándalus (IBN H . AWQAL 1971: 69): «En toda España no se encuentra una sola mezquita deteriorada. Las ciudades rivalizan entre ellas por su emplazamiento, sus impues- tos y sus rentas, sus gobernadores y sus jueces, funcionarios que se encargan de los servicios de espionaje, llamados mujallif. No hay una ciudad que no esté bien poblada, que no esté rodeada de un vasto distrito rural, o mejor, de toda una provincia con numerosos pueblos y labradores que gozan de prosperidad, que poseen ganado mayor y menor, un buen utillaje, bestias de carga y campos. Sus tierras están bien regadas, o bien por la lluvia, dando en- tonces una buena recolección en primavera, o bien por canaliza- ciones admirablemente conservadas y con una red perfecta». A lo largo del siglo XI, sin embargo, aparece en el panorama un elemento que distorsionará gravemente la economía de la España musulmana: el sistema de parias. Como es sabido, el pago de tributos de las taifas a los reinos cristianos se convirtió en un medio necesario para conservar el status quo político y territorial que había alcanzado la península después del colapso del estado califal. Difícil tarea ésta, puesto que, además de hacer frente a la presión militar cristiana, cada vez más intensa e insostenible, no eran raros tampoco los enfrentamientos con las taifas vecinas. En definitiva, las parias sirvieron para mantener la paz entre un mundo cristiano en expansión y unos reinos musulmanes en franco declive militar. En este contexto, mantener la paz obligaba a las cortes taifas a someter a una presión fiscal extra sobre la población, y muy especialmente a los campesinos, puesto que sobre los excedentes agrarios descansaba la economía de las taifas. Es decir, ante la obligación de pagar unos tributos cada vez más elevados pero necesarios para comprar la paz al mejor postor, las cortes taifas se vieron obligadas a la cada vez más apremiante necesidad de aumentar la producción agraria. Para poder calibrar