322 Bendita crisis, maldita profesión. Jaime Almansa Sánchez JAS Arqueología S. L. U. almansasanchez@gmail.com El año 2013 nos ha dejado muy buenas muestras políticas del valor de la arqueología. Un diputado valenciano decía orgulloso que su lengua provenía del ibero. Una Consejera presentaba una nueva ley de patrimonio histó- rico diciendo que el patrimonio es una pesada losa para el desarrollo. Ana Botella aseguraba que su ideología es la que más progreso ha traído a la historia de la humanidad. Yo me pre- gunto si no estamos malgastando dinero público… Hace unos días un colega se quejaba de los que piden derechos para los animales cuando aún no hemos alcanzado derechos para los humanos. Yo me empiezo a quejar de toda la arqueología que se practica cuando todavía no hemos sido capaces de transmitir la que se hizo el siglo pasado. Pero, sobre todo, me pregunto por qué trabajamos. Desde que llegamos a la universidad nos adoctrinan con la idea de que la arqueología es muy importante y nos lo terminamos creyendo. En algunas facultades incluso te dan pruebas de su valor identitario y económico. Desde que me dedico a la arqueo- logía pública he podido comprobar que, efectivamente, la importancia va mucho más allá y la arqueología participa de procesos sociales de los que a veces ni nos enteramos. Pero esto no deja de ser una construcción, una consecuencia inevitable de algo que ya estaba en marcha cuando nos paramos a mirar. Si echamos la vista al pasado, vemos que la arqueología es un resultado más de la curiosi- dad y, después, de la ciencia. Podemos vivir sin arqueología ni patrimonio arqueológico, pero ya que tenemos tiempo para preocuparnos de esas cosas, lo hacemos. La arqueología siempre ha sido elitista y aún hoy lo sigue siendo en demasiados contextos. Esas élites burguesas que comenzaron a practicarla, tenían una forma- ción humanística que hoy no tienen nuestros políticos y fueron capaces de otorgarle valor a los vestigios de nuestro pasado. Valor se tradujo en interés y protección. Así llegaron las leyes y la profesionalización. Pero hoy ese pasado entra en cuestión ante una realidad muy distinta. Einstein decía que sólo hay dos cosas infini- tas, el universo y la estupidez humana. La física ya habla de universos en plural y pronto pondrá en duda el infinito. La arqueología es una herra- mienta útil para ponerle límites a la estupidez humana. Ese es el mantra con el que me levanto por las mañanas y me pongo a trabajar. A mi el pasado ya no me importa como fin, sino como medio para actuar en el presente. Esa es la razón por la que sigo haciendo arqueología. Pero claro, lo que hago no es arqueología a se- cas, sino utilizar la arqueología para un fin que no siempre tiene que ver con el conocimiento. ¡Cómo voy a cuestionar la definición clásica! Arqueología se hace porque queremos conocer el pasado, para que lo conozcamos, para quien le interese y con un método riguroso, algunos dirían que científico. Algún compañero termi- naría este debate en dos líneas. ¿Por qué necesitamos debatir tanto sobre este tema?