Memorial de Isla Negra y otras topografías del yo nerudiano NURIA GIRONA FIBLA UNIVERSITAT DE VALÈNCIA Éste soy, yo diré, para dejar este pretexto escrito: ésta es mi vida. Y ya se sabe que no se podía: que en esta red no sólo el hilo cuenta, sino el aire que escapa de las redes, y todo lo demás era inasible. NERUDA ¿Qué tienen en común un espejo y una sepultura? Algo del yo que ambos retienen. Los cementerios fijan un afán de permanencia, el afán de la vida póstuma en la que se desea perdurar. Los mausoleos evocan las figuras gloriosas, el yo convertido en monumento. Familias, apellidos y clases se distinguen según el espacio que ocupan, el color de los mármoles, la suntuosidad de la arquitectura fúnebre. Los epitafios de las lápidas evocan el perfil de los ausentes: aquí yace el ilustre médico, o en su dimensión privada: tu mujer e hijos te recuerdan. La última palabra del que ya no está es también su última voluntad de permanencia: así quiero que me recuerden, reza el epitafio, imponiendo un último destello del yo al trance de la muerte. Así perpetuará también la autobiografía la imagen del yo proyectada en la escritura. La autobiografía, como el epitafio, 1 presta la voz a una entidad ausente. En la inscripción sepulcral resuena la autobiografía abreviada, el microrrelato condensado de un yo. Desde el más allá, en diferido, nos llega una miniatura de su novela familiar. De alguna forma, la vida va trazando las formas de su recuerdo para la posteridad, va escribiendo su epitafio. Algo de espejo esconde la sepultura, cuando el yo se convierte en mausoleo. De hecho, el primer reconocimiento del yo ante el espejo, de ese yo que se constituye en tanto se mira, será acogido en la inscripción sepulcral, otro espejo del mismo ausente. Así es como la identidad recurre a una imagen para adquirir su sentido de integridad. La afinidad entre espejo y sepultura funciona también a otro nivel: si toda cultura es capaz de guardar a sus muertos es porque es capaz de identificarse con ellos. Y al identificarse con sus muertos es capaz de hacer un intercambio de imágenes que sostiene la idea de inmortalidad. Siempre yo y otro que es como yo, sin ser yo. El trayecto empieza donde termina: siempre el yo como un desorden de identificaciones imaginarias que se lleva hasta la tumba. Partamos de estas consideraciones: de la continuidad entre la autobiografía y el epitafio, de los nichos como espejos, del yo y sus restauraciones. 1 Paul de Man, “La autobiografía como desfiguración”, en Antrhopos, suplementos, nº 29, dic. 1991, p. 113-118. De Man considera la escritura del yo como la ficción de un apóstrofe prestada a una entidad ausente, que se construye en tanto se escribe. Implícitamente, el autor sugiere que la voz que se escucha en el relato de una vida es la misma que exhuma todo epitafio.