FUNDAMENTALISMOS E IDENTIDADES NACIONALES CARMEN LÓPEZ ALONSO n esta exposición no voy a hablar de la España conquistadora, cruz en una mano y espada en la otra, que evangeliza a los “indios” después de haber expulsado a moros y judíos de la tierra en la que habían vivido durante siglos. No hablaré de la España inquisitorial, la lim- pia de sangre, inmaculada como la Virgen a la que, bajo diversos nombres, se venera a lo largo y ancho de todo el país; aunque todo eso esté ahí, como trasfondo. Lo que sigue trata de ser una aproximación a la relación que, en el mundo moderno, exis- te entre identidad nacional y religión en los casos en que ésta se manifiesta bajo la forma de nacionalismo religioso o de fun- damentalismo, términos ambos problemá- ticos, como se verá. Me ceñiré al mundo europeo moderno, con una referencia algo más amplia al caso español que, pese a sus peculiaridades, considero significativo. Religión, identidad, nación y nacionalismos Creo necesaria una mínima delimitación de los términos utilizados. Por religión, tal vez el más complejo de ellos, entiendo la religión sagrada, no la religión civil (R. Bellah, 1970). Aunque no siempre será necesario hacer explícita la distinción, en ella habrá que distinguir entre la religión institucional y la religión sin adjetivos. Por la primera entiendo aquélla que por lo general coincide con la Iglesia (católica, protestante, ortodoxa), si bien dentro de la misma se deben incluir las organizacio- nes religiosas teóricamente autónomas, o que se presentan de tal modo, pero estre- chamente vinculadas a las actividades ins- titucionales eclesiásticas; me refiero, por ejemplo, a organizaciones laicas del tipo de Acción Católica. Más amplia y difusa es la delimitación de lo que he llamado “religión sin adjetivos”, por la que entien- do la fe que una persona o un grupo de personas tiene en la existencia de algo trascendente, llamado, no sólo en las reli- giones cristianas, Dios. La religación con ese Dios, que por lo general se establece dentro de un marco normativo individual y/o grupal, permite que aquellos que creen en él consideren que sus vidas per- sonales van más allá de sus propios límites individuales y temporales, y que esa tras- cendencia de los propios límites es vincu- lante, individual y grupalmente. Es su ca- rácter vinculante, utilizando el término de “vínculo” en su sentido más amplio, uno de los rasgos esenciales de la religión. Tampoco la identidad es un término de definición sencilla. Amin Maalouf (1998) la define como aquello que somos, pero también como lo que pretendemos ser. En esa definición, clara y esquemática, se apuntan dos de las características en las que los estudiosos de las identidades co- lectivas coinciden: la identidad, ya sea la individual, ya la colectiva, no es un dato inamovible, no es algo dado de una vez y para siempre, estático e inmutable. Junto a los elementos permanentes que la cons- tituyen, la identidad es también la conse- cuencia, dinámica, de una acción o de una serie de acciones. Algo, por tanto, que es y que, a la par, está siendo. De forma pareci- da a lo que ocurre en el caso individual (Erickson, 1968), la identidad colectiva, que podríamos definir como “la totalidad de características que los individuos creen que les constituyen” (M. A. Meyer, 1990), es el resultado de un proceso interactivo en el que intervienen tanto los factores ra- cionales como los emocionales, puesto que “no hay conocimiento sin sentimien- to, ni significado sin emoción” (A. Meluc- ci, 1996, 71). Un proceso en el que se dan tres características: la continuidad del suje- to por encima de las variaciones en el tiempo y el espacio; la delimitación del su- jeto con relación a los otros; y, finalmente, la capacidad de reconocerse y ser recono- cido (A. Melucci, ibíd., 68-86). La identidad nacional, que es una identidad colectiva, es fruto de un proce- so similar. Es decir, es algo dado y es un constructo, es un dato y es un proyecto. Esto es válido incluso cuando el proyecto se presenta como vuelta a lo dado, al dato de partida, considerado como algo ina- movible y/o inmutable. En el pasado y, en muchos casos, todavía hoy, la religión ha sido un elemento esencial en la consti- tución de grupos de identidad; y la na- ción es un grupo de identidad privilegia- do. Pero los grupos de identidad que se forman en torno al núcleo de una religión no han sido, ni son forzosamente, grupos nacionales, ni, lo que no es lo mismo, grupos nacionalistas. Porque al hablar de nacionalismo nos estamos refiriendo a un fenómeno nuevo, moderno, al igual que moderna es la na- ción. Difícilmente se puede hablar de nación, en sentido político, antes del siglo XVIII; y, desde luego, mucho menos de nacionalismo, entendido como un movi- miento de lucha para defender y/o cons- truir la nación política, es decir, la que encuentra su expresión en el Estado. De hecho, dicho nacionalismo, que es un fe- nómeno de masas y que se utiliza para construir un consenso que no se base en los valores de clase o que gire en torno a la validación democrática (Collotti, 1990), no aparece hasta las guerras napo- leónicas, y lo hace por ambos lados, el de los franceses, con su “nación en armas”, y el de los que se les resisten, en nombre de la nación española, alemana, etcétera. Ahora bien, habremos de avanzar aún más en el tiempo para poder hablar de nacionalismo religioso. Es muy dudoso que se pueda hablar de este fenómeno an- tes de la segunda mitad del siglo XX, al menos si al término le damos el conteni- do restringido que debe atribuírsele: el de un movimiento político que lucha, políti- camente, para construir un Estado-nación E 20 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA n Nº 112