Sobre el libre albedrio y la gracia en San Agustín. Una breve revisión a algunos de los planteamientos más sobresalientes en función de la polémica con los pelagianos. Katerine De Jong Guerrero Maestría en Filosofía, 09 de junio de 2013 Da quod iubes et iube quod vis 1 es una frase famosa que aparece repetidas veces en el libro X de las Confesiones de San Agustín que encendió la interesante polémica contra los pelagianos hacia el año 405 ya que para el fundador de esta última doctrina, Pelagio, San Agustín deja en manos de Dios lo que es responsabilidad del hombre. Ciertamente San Agustín ya había abordado con anterioridad en los asuntos de la Gracia divina pero a raíz de esto, se vio obligado a fundamentar de manera más convincente a través de la razón este asunto de fe: debía exponer el porqué la gracia no representa una limitante o bien no resulta contradictoria con el libre albedrío. En el siglo IV la mayoría de los teólogos cristianos se encontraban avocados en la discusión de dogmas relativos la hipóstasis de la trinidad y la reencarnación, teniendo claro algunos aspectos fundamentales como lo son que el hombre era libre y responsable de sus actos, que su naturaleza fue corrompida por el pecado de Adán y que a fin de regenerarla, era absolutamente necesario el auxilio de Dios a través de Cristo 2 . No obstante, la polémica suscitada por el escrito de San Agustín dio lugar a que no se dejara en segundo plano los conflictos que se presentan de la coexistencia de los principios aparentemente contrarios del libre albedrío y la gracia en el hombre, o si se quiere decir, entre la libertad y el determinismo teológico. Antes de continuar, vale la pena aclarar sucintamente los términos de libre albedrío y gracia. Respectivamente el libre albedrío puede ser entendido luego de las lecturas pertinentes, como la potestad de una persona de obrar según su propia voluntad sin ser condicionado por un agente distinto a él, mientras que la gracia, se asumirá en el presente escrito como un don concebido por Dios para ayudar al hombre a cumplir con los mandamientos, salvarse o ser santo, considerando también como el acto de amor incondicional e inmerecido por el que Dios llama continuamente las almas hacia sí. Para aquel entonces, el Obispo de Hipona, nación en Tagaste en el año 354. En su trance de evolución espiritual y su amor a la sabiduría, se había paseado por las corrientes del maniqueísmo, el escepticismo, el neoplatonismo para finalmente llegar, casi a sus 40 años al cristianismo siendo, en cada instante de su pertenencia a estos círculos, un eficiente pensador y defensor de sus tratados y sus creencias. Esta situación lo llevó más adelante a hacer uso del optimismo monista y neoplatónico para combatir el maniqueísmo y más tarde se valdrá de la tesis 1 San Agustín.(2010). Confesiones. Madrid: Editorial Gredos. 2 Cappelletti, A. (1993) Textos de estudio de filosofía medieval. Mérida. Consejo de Publicaciones ULA.