La memoria y sus adjetivaciones Existe una gran confusión en torno al significado de las ex- presiones “memoria históri- ca”, “memoria colectiva” y “memoria social”, que tanta fortuna han hecho en tiem- pos recientes, pues se ha re- currido a ellas para denotar cuestiones muy diferentes, empleándolas generalmente de forma sumamente impre- cisa. A esto se añade que en los últimos años en el caso español –aunque no sólo en él– se ha acudido a estas lo- cuciones, particularmente a la primera, con evidente afán reivindicativo, lo que ha ge- nerado no pocas disputas en diversos ámbitos. Resulta sorprendente que la primera acepción que ofre- ció de “memoria” el Diccio- nario de la Real Academia Es- pañola (DRAE), desde la edi- ción de 1734 hasta la de 1992, fuera “potencia del al- ma”, sobre todo porque, a su vez, el primer significado que se da de “alma”, hasta ésta penúltima edición, es “sus- tancia espiritual e inmortal”. Sólo en la última edición, de 2001, se brinda una defini- ción de memoria desprovista de connotaciones religiosas: “Facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuer- da el pasado”, circunscribién- dose a su ámbito apropiado la otra acepción: “En la filo- sofía escolástica, una de las potencias del alma”; algo si- milar ocurre con el término “alma”: “En algunas religio- nes y culturas, sustancia espi- ritual e inmortal de los seres humanos”. Por lo que se refiere al su- jeto depositario de la misma, ni el DRAE ni el Diccionario de uso del español, de María Moliner, reconocen más que al individuo; se trata funda- mentalmente, o bien de la fa- cultad mental para recordar el pasado, o bien de un so- porte físico para el almacena- miento de datos, además de otras acepciones relacionadas con el homenaje a seres o he- chos pretéritos, o con su uso específico en los campos jurí- dico y académico. Ni siquiera el Diccionario del español ac- tual, de Manuel Seco et al., reconoce las hoy tan manidas expresiones de “memoria his- tórica” o “memoria colectiva”. Sólo el Diccionario de Sociolo- gía recoge el uso colectivo, social y cultural del concepto de “memoria” cuando aborda, en dicha entrada, la obra de Maurice Halbwachs (Ramos, en Giner et al., eds., 1998: 472). Si nos atenemos a los orí- genes del concepto, Hal- bwachs (1950) entendía por memoria histórica la “memo- ria prestada” de aconteci- mientos del pasado que el su- jeto no ha experimentado personalmente; pero lo cierto es que sus postulados teóricos estuvieron mucho más cen- trados en la memoria colecti- va, de la que subrayó su di- mensión social. Según él, to- do recuerdo se produce en un contexto social y necesita de conceptos elaborados social- mente para registrarse y pos- teriormente evocarse. Siem- pre que recordamos, lo hace- mos desde el punto de vista de uno o varios grupos a los que sentimos que pertenece- mos. De hecho, la memoria se mantiene mientras segui- mos activamente vinculados a las “comunidades afectivas” de las que formábamos parte cuando el recuerdo se produ- jo. Son los individuos los que recuerdan pero gracias a su adscripción social; cada re- cuerdo constituye un punto de vista respecto a la memo- ria colectiva, que cambia a medida que lo hace la posi- ción del individuo dentro de su grupo de referencia. Preci- samente por ello, el olvido se produce cuando perdemos determinados vínculos socia- les que nos ayudaban a evo- car y a reelaborar periódica y colectivamente nuestros re- cuerdos. Halbwachs, lejos de considerar la memoria como algo estático, insiste en la continua reelaboración a que se ve sometida desde el pre- sente. Los recuerdos persona- les no son inamovibles sino que se ven continuamente modelados, influidos, en de- finitiva transformados, por los recuerdos y los relatos de los demás. Otros autores posteriores han asociado la memoria his- tórica con sus vestigios físi- cos, muchos de los cuales son fruto de las “políticas de la memoria”, que no son sino los usos públicos de un acon- tecimiento histórico inspira- dos por las demandas, intere- ses y anhelos del presente. Esta memoria se plasma en los múltiples “lugares de la memoria” que han sido obje- to de tanta atención en Fran- cia de la mano de Pierre Nora (1984) y Jean Davallon (1993): monumentos, cere- monias, símbolos, relatos ofi- ciales, etcétera. Según otro investigador de origen galo, hay que estudiar el recuerdo social a través de sus diversos tipos de “portadores”, que son “cualquier medio que se propone la reconstrucción deliberada de un aconteci- miento con un propósito so- cial” (Rousso, 1991: 219). Lo que más controvertido resulta de la memoria es que aparezca acompañada de los adjetivos “histórica”, “colecti- va” o “social”. Mientras que sólo unos pocos han concebi- do estos términos de forma holista, algunos se han empe- ñado en atribuir una concep- ción organicista de la socie- dad a todos los que los han empleado, desatendiendo su uso fundamentalmente meta- fórico. En palabras de No- vick, “[c]uando hablamos de memoria colectiva, con fre- cuencia olvidamos que esta- mos utilizando una metáfora –de tipo orgánico– que esta- blece una analogía entre la memoria de un individuo y la de una comunidad” (No- vick, 2000: 267). Según la atinada interpretación que un conocido historiador británi- co hace de la obra de Hal- bwachs: “Son los individuos los que recuerdan en sentido literal, físico, pero son los grupos sociales los que deter- minan lo que es ‘memorable’ y cómo será recordado. Los individuos se identifican con los acontecimientos públicos importantes para su grupo. ‘Recuerdan’ muchas cosas que no han experimentado directamente”. Halbwachs 2 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA ■ Nº XX CIENCIA POLÍTICA LOS DEBATES SOBRE LA MEMORIA HISTÓRICA PALOMA AGUILAR FERNÁNDEZ