1 El proyecto de Manuel Azaña (1911-1924) Paul AUBERT (Director de estudios . Ecole des Hautes Études Hispaniques, Casa de Velázquez. Madrid) El régimen de la Restauración ha favorecido la aparición de una clase de "profesionales", de trabajadores intelectuales, funcionarios, abogados y periodistas, que ha crecido de modo independiente. Constituye una élite relativamente numerosa que ya no puede ser asimilada por el poder. Al monopolizar los medios de comunicación, elabora un nuevo discurso político de oposición, menos retórico y más preciso que el de las épocas anteriores. Éste aspira a ser nacional y llegará a ser republicano. El intelectual deja de ser un moralista aislado, un miembro rebelde de la burguesía para adquirir una mayor conciencia de grupo y preparar una alternativa política, aunque no resuelve, por ahora, la cuestión de saber si debe militar dentro de un partido reformista burgués, adherirse al partido del proletariado o contribuir a la creación de aquel partido de intelectuales siempre en ciernes entre bastidores desde Costa hasta Ortega. Ahora bien, esta cuestión no parece preocupar demasiado a Azaña quien no dispuso hasta muy tarde de ningún partido. Y sin embargo, aunque concebía su compromiso como algo individual, es el símbolo político de esta generación formada en la polémica de la Primera Guerra mundial que pretendía equiparar a España con las demás naciones democráticas europeas. Pero es a la vez un intelectual y un político y no un intelectual con veleidades políticas, porque no se contenta con la crítica sin valerse del contrapeso de los actos reales. El recurso al método de las generaciones, apelaciones mal —o demasiado bien— controladas, cuya necesidad didáctica se ha vuelto tan tiránica como poco pertinente en el ámbito de la historia intelectual, nunca instauró una cronología. Fueron tantas las generaciones acuñadas que cabe desconfiar de la validez científica de este concepto y del uso que se hizo de él en España — desde Azorín y Ortega hasta Olariaga o Marías— donde se solapan generaciones de geometría y de índole variables (literarias, científicas, políticas) capaces cada una de reivindicar a posteriori un acontecimiento fundador (desastre del 98, centenario de la publicación del Quijote, del nacimiento de Larra, guerra del 14, crisis de 1917 etc.). Lo que pasa es que “la juventud actual”, como se dice, quiere “un puesto predilecto en la navegación” y tiene el derecho a reivindicar la anterioridad (los del 69 para Ortega)y la contemporaneidad que mejor le convenga, cuando comprueba la ausencia o la defección de una generación de maestros. Que lamente el retraimiento de sus mayores (Unamuno en 1906), que reniegue de ellos y deplore su propia orfandad —aunque su acción no puede librarse del signo de la posteridad de Costa o de Galdós cuya crítica de la realidad guió sus primeros pasos y los tradujo en términos políticos—, la nueva promoción, al volver a España desde los pueblos centroeuropeos, necesita un período de reaclimatación. Se encuentra sin guías y sin maestros. Si este sentimiento de soledad encuentra primero en Azaña unos acentos neoregeneracionistas, es porque quiere acabar con el patriotismo crítico y desesperado de los liberales del siglo XIX, que nutre todavía el africanismo unamuniano de principios de siglo, y formular un programa de acción, cuando la llamada “generación del