1 ASPASIA DE MILETO: LA METÁFORA Y EL PERSONAJE JOSÉ SOLANA DUESO. Universidad de zaragoza Hasta la fecha, Aspasia era algo así como el emblema femenino en la época más prestigiosa de la ciudad más prestigiosa del mundo clásico: la Atenas de Pericles. Sobre esta mujer, colocada en el terreno de fronteras borrosas entre la leyenda y la historia, cundía siempre la sospecha de que habría logrado este estatus privilegiado gracias a un uso inteligente de recursos femeninos que poseía en un alto grado: belleza y astucia. Bien administrados, estos recursos le habrían permitido ganar la voluntad de hombres influyentes, políticos, filósofos y poetas. Esta es la imagen que se nos ha transmitido. Pretendo en esta charla, y con más extensión y detalle en el libro 1 , explicar que la influencia de esta mujer se basa fundamentalmente en sus dotes y actividades intelectuales. Mi punto de de partida es la inquietante lectura del Menéxeno platónico, un diálogo singular compuesto por dos páginas dialogodas y doce dedicadas a un discurso que supuestamente habría sido escrito por Aspasia. A propósito de esta obra platónica, Guthrie escribe: "Lo primero que se le ocurre a uno cuando se encuentra con esta extraña obra es que no ha sido escrita por Platón" (Historia de la Filosofía Griega, IV, 303). Tras hablar de esta pieza y calificarla de "sorprendente" (311), concluye que "las relaciones de Sócrates con Aspasia son un misterio para nosotros" (308) y que Platón escribe una copia 1 Un análisis más detallado de lo que presento en esta comunicación se encuentra en J. Solana, Aspasia de Mileto. Testimonios y discursos (Barcelona, 1994. Anthropos). Con posterioridad ha aparecido el libro de M. M. Henry, Prisoner of History. Aspasia of Miletus and her Biographical Tradition (Oxford, 1995. O.U.P.) que, tras presentarse como el primero (sic!) que aborda de modo serio y comprensivo la biografía de Aspasia, acaba concluyendo que "es muy poco lo que podemos decir de Aspasia de Mileto" (p. 127). Las conclusión es acorde con la hipótesis de partida según la cual "no dejó ningún escrito" (p. 3). En consecuencia, la autora, en la línea más tradicional, ni tan siquiera discute la autoría de los epitafios ni de los epigramas y, por supuesto, supone que "su proceso fue con toda probabilidad una fantasía dramática" (p. 16).