Mujer como metáfora imposible: por un feminismo erótico Marilia M. Pisani La primera directriz de escritura de este cuerpo que se hace texto es la no formalización o armonización por el pensamiento de las percepciones contradictorias de mi vivencia. La segunda es escribir para establecer por las palabras un espacio de encuentro entre cuerpos vivos: la vida es quien habla; es ella quien coloca el sentido de este texto, como pulsión, como afecto y como tensión. La tercera directriz es que ese cuerpo vivo que poseo y que soy como conjunto de órganos y tejidos, músculos y vísceras, soportes de vida psíquicasufre las presiones de lo social como realidad vivida en la relación con el mundo: de afuera hacia adentro, de adentro para fuera; en la piel, marcas de tatuajes invisibles; en la piel, órgano sensorial y sexual pleno de terminaciones nerviosas que crean mis percepciones. Yo soy un órgano. Mi piel es mi sexo. Es con ella que siento el escalofrío que mueve esta escritura. Escritura de un cuerpo que se hace texto, me esfuerzo para escucharlo en una tentativa difusa de auto-representación. Este texto es una performance que intentará dar presencia a un extraño. Ese extraño, algo de familiar pondrá en relación a varios cuerpos, cuerpos de mujeres (o no). Como performance, él asume también la responsabilidad de ponerse como un pensamiento vivo, particular, no obstante pleno de deseo de comunicación. Rehúsa del acto solitario, ese texto no expresa un sí completo, pleno, de bordes bien definidos. Porque él está escrito como un cuerpo y para el cuerpo, este extraño para mí. Mi carne, pluralidad de sensaciones, unidad fugitiva de mí. Hacer de la palabra presencia de un cuerpo difuso, una encarnación exigiendo a mi biología. Del pulmón, la voz emana el aire pasando por la laringe: de la voz la protesta; ¿quién es quién habla? No encuentro respuesta, enredada estoy en los impases históricos y confrontada con las dinámicas del poder. ¿Cómo salgo de ellas? Veo dos motivaciones extrañas. Cuando me preguntan si soy mujer, rehúso, no entiendo a qué geografía de mi cuerpo y a qué lugar de mi deseo indica esta palabra. Pero cuando no me preguntan, siento que soy. ¿Dónde siento que soy? No es en mi pensar o cuestionar, como indica cierto Dzcogito sumdz en que los Dzesclarecimientosdz sobre mis condiciones me llevarían a una mayor conciencia sobre mí. Siento que soy donde no pienso. El Dzpensar sobre s ídz parece llevarme mucho más hacia afuera, en enredadas representaciones, respecto a lo que es para mí; esto desafía mucho menos mi existencia de lo que impone, con toda fuerza y violencia, un mundo que no es mío, mundo totalitario que exige olvido, que hace chocar mi cuerpo con demandas y conflictos y exigencias, volviendo nebuloso el acceso a mí. Donde pienso yo no existo, yo no soy. Por eso la palabra se me escapa. Por eso no entiendo lo que tú quieres decir cuando dices Dzmujerdz. Viajo en mi extrema libertad, incondicionada, plena de posibilidades. No seré aprehensible en categorías, en discursos formales, no facilitaré la apropiación, el esclarecimiento, el reconocimiento. ¿Pero qué soy y dónde soy? Soy del lado izquierdo de mi cuerpo, en un órgano caliente que pulsa constantemente. Estoy ciertamente entre el ombligo y la ingle, espacios geográficos de mi existencia. Y también soy en el vacío que siento un poco encima de la vagina, en las contracciones de los músculos y en los fluidos que recorren la superficie de mí ser y que se calientan pulsantes. Así, soy la piel de mi cuerpo, que revela sus sufrimientos en pigmentos rojos, en una especie de urticaria nerviosa cuando está ansiosa; pero también cuando está contenta, en suaves escalofríos que alegran los pelos de mi piel. En la piel de las costillas,