ISSN 1669-6581 Question – Vol. 1, N.° 38 (otoño 2013) LA MEMORIA COMO UN SIGNO DE DEUDAS IMPAGAS La teoría de los signos de Charles Peirce y la fenomenología de la memoria de Paul Ricoeur Paulo Damián Aniceto Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) La memoria, un signo Recurrentemente, Peirce hace referencia a la idea de finalidad como la instancia de significación última del objeto. “Toda filosofía no idealista presupone algo último, absolutamente inexplicable e inanalizable: en suma, algo resultante de la mediación, pero no susceptible él mismo a mediación. Pero la sola justificación de una inferencia a partir de signos es la de que la conclusión explique el hecho” (Peirce, 1868a). Sin el concurso de los signos, no podría aprehenderse la verdad del objeto, dado que luego de establecerse en conexión real con él, sugieren nuevas interpretaciones de esa conexión que desarrollarán aún más el conocimiento sobre ese objeto primero u objeto dinámico. Para entender los supuestos sobre la mediación y la finalidad como el carácter o —según lo denomina Peirce— el Alma de los signos, debemos hacer escala en la comprensión cabal del fenómeno y la lógica peirceana de crecimiento en el sistema de signos. La remisión de signo a signo es desarrollada en los textos de Peirce como un acto indefinido que da cuenta de la existencia de un sistema de signos (Eco, 1992). No podríamos remontarnos a la representación primera de la cosa o hecho original y observar su ocurrencia fáctica. El objeto dinámico determina el acto semiósico pero se encuentra alejado en el tiempo con respecto a sus representaciones. De esta forma, el representamen y su relación con el objeto vienen a confirmar, en cada instancia de la cadena sígnica, la ausencia del objeto. La verdad de los signos, la fidelidad de la memoria La verdad de las representaciones es un tema especial al momento en que se considera que la cosa representada se encuentra ausente. La memoria del pasado, al igual que los signos que desarrollan conocimiento sobre el objeto, se presenta como un presupuesto falible que debería ser controlado por Terceros. Sería improcedente, en estos términos, estudiar la fidelidad que guarda la memoria con el objeto recordado, ya que ese objeto tuvo ocurrencia en un segmento de tiempo que ya ha sido sustituido por otro y por lo tanto no podríamos acceder a sus cualidades para compararlo con la memoria que lo recuerda. Así, la verdad de los hechos del pasado está dada por la verdad acordada entre las memorias que los retomarán hasta el infinito. La asociación de ideas consiste en esto, en que un juicio ocasiona otro juicio, del cual es el signo (Peirce, 1868a). Por esto, el significado del hecho pasado que vehiculiza la memoria-signo no podría ser explorado sin una mediación, dado que, como primeridad, no es explicable sino en la memoria posterior que continuará desarrollándolo.