DECOLONIALIDAD EN LA DANZA, APUESTAS DE VIDA Mucho antes de elegir la opción de ser maestro y dedicarme a la enseñanza, la escuela encargada de mi formación básica ya me había regalado la oportunidad de enamorarme de la danza. Funciones en los marcos de prácticas cotidianas de la vida escolar como las izadas de bandera, las muestras artísticas y los encuentros intercolegiados, habían traído consigo el nacimiento de un deseo visceral y desde lo más profundo por un personaje (a comienzos ajeno) que nace en el momento en que subo a un escenario o se presenta ante cualquier tipo de público. Esa motivación y ese deseo se acrecentó a lo largo de los años cuando busque la forma de profesionalizar mi experiencia a través de la vinculación a grupos y academias artísticas cuya razón de ser fuese el componente danzario como fuente de expresiones estéticas y sensibles, debo decir que esa búsqueda nunca estuvo acompañada de un apoyo generalizado y totalitario por parte de mi entorno cercano, cuestiones como; ¿Para que bailar?, Nadie vive de eso, ¿Eso para que sirve?; fueron más que determinantes en la conformación de un firme convicción política por seguir contracorriente, de demostrar que un bailarín puede enfrentarse al mundo desde su postura artística, pero curiosamente esa afirmación de mis ideales y pensamientos también se vio atravesada por dudas generadas en mi fuero interno sobre lo que significaba “profesionalizar” mi actividad. Si bien es cierto que mi gusto nació por la danza folklórica tradicional, por ese contacto con el otro desde el juego coreográfico, por ese envestirse de la figura de campesino paisa, boyacense o tolimense, y por ese gusto que me generaba escuchar las letras de las rumbas criollas “Que vivan los novios, viva la alegría, que yo me iré ahora con la negra mía…” 1 también se generó en mí, una inquietud por saber ¿Cual es el aval que requería el mundo globalizado para aceptar mi labor como bailarín y artista?, es en este momento donde un pensamiento occidentalizado y eurocentrado, me arrastra a ver en el ballet la única forma de hacer danza, la única forma de conceptualizar mi saber y de hacerlo valido; supleé, cambreé, développe, pas de bouree, se convirtieron en términos cotidianos dentro de mi léxico montado y vulgarmente utilizado, como forma de generar un interés inocuo y vacío en mis diálogos y conversaciones, se volvía ridículo el hecho de comentar en una sencilla charla con mis compañeros de baile folklórico que la mejor manera de bailar un bambuco, era la de realizar correctamente las posiciones básicas de la técnica rusa. Ahora que reflexiono sobre ese momento de mi vida me sonrojo y avergüenzo de esa mala interpretación de lo que era profesionalizar mi labor, buscar en el desarrollo de una técnica europea la validez para interpretar y encontrar la esencia en la ejecución de una Guabina Chiquinquireña eran el ejemplo perfecto del mal que puede hacer el tratar de ingresar en un sistema mundo sin entender que existen cosas que se deben quedar en su territorio original, no por el hecho de tener una menor valía, sino porque en su esencia original son únicas e intransformables. En ese momento la lección también se aprendió de una manera equivocada, puesto 1 “Que vivan los novios” Autor; Emilio Sierra, Ritmo: Rumba criolla.