Lowe, Lynneth S. 2001 Evidencias arqueológicas del ámbar en el área Maya: Usos y distribución. En XIV Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2000 (editado por J.P. Laporte, A.C. Suasnávar y B. Arroyo), pp.772-785. Museo Nacional de Arqueología y Etnología, Guatemala (versión digital). 56 EVIDENCIAS ARQUEOLÓGICAS DEL ÁMBAR EN EL ÁREA MAYA: USOS Y DISTRIBUCIÓN Lynneth S. Lowe Desde épocas antiguas las diferentes regiones de Mesoamérica se encontraban relacionadas a través de redes comerciales que permitían el intercambio de materiales y productos apreciados. En vista de la gran diversidad geográfica que ocupaba esta área, abarcando parte de México y Centroamérica, en ciertas regiones se encontraban determinadas materias primas que eran explotadas por las poblaciones locales y exportadas a otras; entre las mejor conocidas pueden mencionarse la obsidiana, el jade y las piedras verdes, las conchas y los metales. En este contexto, uno de los productos minerales apreciados para la fabricación de ornamentos durante la época prehispánica, y todavía poco estudiado, es el ámbar, una resina fósil de gran transparencia y brillo cuyos únicos yacimientos conocidos en Mesoamérica se localizan en las tierras altas del norte y centro de Chiapas. Este material fue ampliamente comerciado a diversas regiones desde épocas tempranas, según puede apreciarse por los ornamentos recuperados en excavaciones arqueológicas en el centro de México, Oaxaca, Tabasco, el occidente de Chiapas y diferentes sitios del área Maya, así como por la información registrada en las fuentes históricas. Fray Bernardino de Sahagún (1989: 790) lo describe así en su Historia General de las Cosas de Nueva España: “El ámbar desta tierra se llama apozonalli. Dícese desta manera porque el ámbar desta tierra o estas piedras ansí llamadas son semejantes a las campanillas o enpollas del agua cuando las da el Sol en saliendo, que parece que son amarillas claras, como oro. Estas piedras hállanse en mineros en las montañas”. El ámbar de Chiapas se presenta naturalmente en forma de nódulos de color amarillo, rojizo o dorado, en el interior de estratos de areniscas calcáreas marinas y capas de lignito en formaciones geológicas correspondientes a la parte final del Oligoceno e inicios del Mioceno, con una antigüedad de 22.5 a 26 millones de años (Poinar 1992:39). Se ha determinado que su origen paleobotánico fue la resina de una leguminosa del género Hymenaea, conocido localmente como guapiñol (Langenheim 1990). Los pocos yacimientos explotados en la actualidad se localizan en zonas de barrancas que se deslavan periódicamente con las lluvias, exponiendo los estratos ambaríferos (Figura 1). Especialmente famosa por su producción es la región de Huitiupan-Simojovel, en las montañas del norte de Chiapas, estudiada por Navarrete y Lee (1969). Una fuente importante se localiza en Totolapa, en el descenso hacia la Depresión Central, citándose otros yacimientos en Ostuacan y Mal Paso, hacia el occidente (Bryant 1983; Lee 1990). PERIODO PRECLÁSICO La evidencia arqueológica más antigua que conocemos sobre el ámbar mesoamericano procede de la región nuclear Olmeca en la Costa del Golfo, y se trata de un ornamento periforme hallado como ofrenda en la Estructura A-3 de La Venta, justo sobre el eje ceremonial del sitio, y por su contexto fue fechado para la Fase IV de La Venta (Drucker, Heizer y Squier 1959:274), es decir, entre 700 y 600 AC, correspondiendo al periodo Preclásico Medio. Aunque no conocemos la función de este objeto, su presencia indica que ya desde la época Olmeca tardía el ámbar era un material apreciado que llegaba a 772