97 De la Historia El señorío cristiano de Albarracín. De los Azagra hasta su incorporación a la Corona de Aragón 3 MIGUEL ÁNGEL MOTIS DOLADER A lo largo del siglo XII, el territorio regido desde Albarracín reúne peculiaridades bastantes para tener entidad propia en el contexto político de los Reinos Hispánicos. Los monarcas aragoneses y las autoridades eclesiásticas cesaraugustanas nunca ocultaron que ambicionaban colocarlo bajo su égida, en cuanto que entendían era zona de expansión connatural del Reino hacia las tierras meridionales. Así, Alfonso I el Batallador en 1122, al recibir el homenaje y juramento de fidelidad de su nuevo vasallo Céntulo de Bigorra en Morláns, le hace donación ad futurum de “Sancta Maria de Albarracin con tota sua pertinencia quando Deus omnipotens eam mihi dederit”. De igual modo, el obispo de Zaragoza obtiene mediante privilegio de Ramiro II, expedido en 1134, las iglesias que correspondían a su diócesis, según la demarcación efectuada por Wamba durante el período visigodo, entre las que se incluía Albarracín. Esta donación será refrendada por Alfonso VII de Castilla, Ramón Berenguer IV (1158) y Alfonso II (1170), dejando patente, éste último, que surtiría efecto “cuando con la ayuda de Dios la pueda arrancar de manos de los paganos”, manifestación que se sitúa en la misma línea que la efectuada cuatros años atrás, con ocasión de la cesión de diversas heredades “pro cuius studio atque industria spes me habere castrum de Berrazin”. No en vano, el obispo mencionado –desplazado a Roma para postular su causa, ya que el soberano no estaba en condiciones de intervenir militarmente tras el tratado de Sahagún (1170)– obtendrá en enero de 1172 sendas bulas del papa Alejandro III –dirigidas al señor de Albarracín y al obispo de Pamplona– reconociéndole el derecho a incorporar estas iglesias. En suma, se enmarcan en el ámbito de las aspiraciones legítimas de los soberanos aragoneses y del obispo de Zaragoza, don Pedro Torroja, por incorporar al reino la ciudad y su extenso alfoz en unos momentos en que vuelve a recuperar la independencia, en la más pura tradición del reino de los Banu Razín, convirtiéndose ahora en un estado cristiano.