Portada Directorio Buscador Álbum Redacción Correo 25 de abril del 2003 Caricias, asco e hipersexualidad Discutir el cuerpo Juan Soto Ramírez La Insignia . México, abril del 2003. Tacto y contacto En muchas sociedades, incluida la nuestra, para acceder al cuerpo del otro, para tocarlo, hay que seguir ciertas, digamos "normas" destinadas para el tacto. En nuestras sociedades existen ciertos reglamentos implícitos para acceder al cuerpo del otro. Alrededor del siglo XII, los que curaban trasgrediendo los límites del cuerpo no gozaban de gran estima. Los barberos por su parte, rivales de los cirujanos, tenían que saber usar el peine y la navaja de afeitar para no herir a sus clientes (Le Breton: 1990, 38). En un día cualquiera, sostenemos sucesivos contactos corporales con otros y con nosotros mismos. Apretones de mano, golpecitos en la espalda, en los hombros o en la cabeza, besos en las mejillas y a veces la boca, y abrazos, forman parte de nuestros encuentros corporales con otras personas. Pero así como sostenemos encuentros corporales intencionales con otras personas, también sostenemos encuentros corporales accidentales. Nuestras piernas, hombros y brazos se rozan cuando nos sentamos al lado de un desconocido en el transporte público, en un cine o en un auditorio. También chocamos a veces con desconocidos cuando simplemente caminamos por la calle o el pasillo de cualquier universidad. Las riñas, por su parte, que son una extraña mezcla de los encuentros corporales accidentales e intencionales, a veces requieren del contacto corporal, de los golpes. Cuando las discusiones no pueden resolverse por medio de las palabras, a veces llegan hasta los golpes. Los políticos sobre todo, lo saben bien. Sin embargo existen luchas corporales más sutiles y silenciosas entre las personas que quieren apoderarse de los brazos de las butacas que ocupan mientras miran una película, una obra de teatro o disfrutan de un concierto. Los brazos de las butacas son a veces un lugar simbólico de lucha sigilosa para ampliar el territorio personal (Le Breton: 1998, 91). Nuestros cuerpos aceptan o rechazan personas a través de su transfiguración. Recibir a alguien con los brazos abiertos, más que señal de agrado, es una manera de invitarlo a compartir nuestro cuerpo con el suyo. Es una invitación al contacto corporal que el otro puede rechazar o corresponder. El cuerpo no es el pariente pobre de la lengua (Op. Cit. 40). Por muchos años se ha pensado que el lenguaje va acompañado de movimientos corporales o gestos y se ha desdeñado la idea de que el lenguaje sea, más bien, el suplemento del cuerpo. Con las palabras se puede mentir, con el cuerpo, difícilmente. Sin el afán de profundizar mucho en esta discusión, digamos que el cuerpo y el lenguaje se encuentran relacionados de maneras mucho más complejas a como se les ha pensado hasta el momento. La palabra toma cuerpo, pero es el cuerpo el que arrebata la palabra. Analizando la forma en cómo se construyen los recuerdos colectivamente (Middleton & Edwards: 1992, 40), se ha llegado a la conclusión de que las versiones de hechos se pueden unir, confrontar o conjuntar mediante persuasiones y acuerdos. Las versiones se pueden ratificar por medio de coletillas (frases o palabras), que invitan a la ratificación «verdad», «sí, eso es», «sí ya me acuerdo», etc. Mediante el uso de dichas frases o palabras se puede construir la continuidad de una versión de hechos. No obstante el discurso o el lenguaje nunca están solos. Encarnan. ¿En dónde? En el cuerpo