AMAZONIA. NATURALEZA Y CULTURA Fernando Urbina Rangel Bogotá: Banco de Occidente, 1986, 176 fotos, 197 p. I En la sombra el Abuelo nos dijo la Palabra, la que otra noche oyó del más anciano cuyos años lo hacían casi origen. Y el otro el que empuñó cinceles que cantaban talló su sueño entre la piedra antigua para durar más allá de todos los silencios. Con este poema de su autoría, Urbina introduce su obra, definiéndola como una conjunción de dos elementos: la palabra y la imagen. Desde la carátula misma la imagen asalta nuestros ojos. Es la selva; es el petroglifo; es el río; es el hombre. Es el tigre, el pez, la boa, la guacamaya; es el murciélago, el tucán, el cocodrilo; es, en fin, el animal. Es el chontaduro, el calabazo, el ají; es el bejuco, el cumare, el tabaco, la coca; es, en fin, la planta. Es el canasto; es la olla de barro; es la bodoquera; es el maguaré; es la maloca. Es la obra múltiple y creadora del hombre, resultado y modo de su relación con la selva, el río y sus recursos. Y es también la Palabra. Numerosos mitos, o fragmentos, nos traen las historias de los abuelos, de los Dueños de la Palabra. Nos hablan de su poder creador. "En el principio nada había aquí. Nuestro Padre, el que nos creó, no tenía extremidades, carecía de miembros. Era corazón únicamente: Corazón-que-habla. Era un corazón bueno. Buscaba la manera de dar vida. Meditaba la forma de hacer la creación. Entonces, indagó cómo había aparecido él mismo. El solitario corazón comenzó a hablar, a decir palabras dulces, llenas de buena fe, plenas de buena intención. Con las Palabras de ese buen corazón fuimos formados". Pero, ¿es en realidad la Palabra? Las imágenes de los abuelos que narran, que tejen la historia con su Rafue, tratan de mostrarlo así. Pero Urbina se equivoca y al hacerlo nos engaña. No es la Palabra; se trata solamente su