¿El drenaje patrimonial como destino? Bibliotecas, hemerotecas y archivos argentinos, un caso de subdesarrollo cultural Horacio Tarcus* El subdesarrollo argentino no se limita al terreno económico: en el plano de la preservación de nuestro patrimonio cultural somos también un país perfectamente subdesarrollado. John Holloway ha insistido con razón en que en un mundo globalizado, ya no importa tanto para la prosperidad de un país cuánto produce cada economía nacional, sino cuanto capital producido globalmente es capaz de atraer y retener cada Estado en su territorio. De la misma manera, en el terreno del patrimonio cultural, no importa tanto el capital simbólico que hemos sido capaces de producir nacionalmente: lo decisivo es nuestra capacidad de valorizarlo como tal y, por ende, de generar las condiciones para preservarlo y socializarlo. 1 Los avatares de nuestro patrimonio bibliográfico, hemerográfico y archivístico son una prueba flagrante de esta afirmación. Es algo sabido que el estado de nuestras bibliotecas, hemerotecas y archivos públicos es calamitoso, resultado de un proceso donde se han combinado de la peor manera factores tan diversos como la ausencia de políticas bibliotecológicas y archivísticas, magros presupuestos para la cultura, negligencia burocrática, discontinuidad institucional, dictaduras militares que practicaron verdaderos “autos de fe” con la literatura que consideraron “subversiva”, corrupción sistémica, “internas” salvajes dentro de las instituciones, etc. Cuando no existen políticas públicas activas para preservar dicho patrimonio, este puede tomar tres caminos posibles: permanece en manos privadas, o es adquirido por coleccionistas privados, o bien es vendido a archivos, centros o universidades del exterior. Bibliotecas y archivos como “propiedad familiar” Sin duda, las grandes bibliotecas privadas jugaron un rol importante, si no decisivo, en la historia cultural de nuestro país. Tal es su peso, que hasta podría trazarse una historia de la cultura argentina, al menos de la cultura de élite, haciendo la historia de las grandes bibliotecas personales, desde la de Juan Baltasar Maziel hasta la de Federico Vogelius. En la época de la Colonia, el rigorismo inquisitorial, la ausencia de imprentas y las trabas comerciales hicieron que, en ausencia de bibliotecas públicas, se constituyeran a fines del siglo XVIII grandes bibliotecas privadas, como la del Obispo Manuel Azamor y Ramírez o la de Juan Baltasar Maziel. 2 Iniciado el proceso de la independencia, a pesar de los esfuerzos por nutrir a la joven nación de bibliotecas públicas, siguieron jugando un rol clave las bibliotecas privadas. Baste recordar, en la década de 1830, la biblioteca personal de Marcos Sastre, que pone a disposición de los estudiosos como Gabinete de Lectura, anexo a su famosa Librería Argentina de la calle Reconquista, donde se nutren de literatura 1 Quiero dejar constancia de mi agradecimiento a Laura Ehrlich por sus comentarios a este texto. 2 El propio Obispo poseía en su biblioteca muchos de los libros prohibidos del Index... V. Domingo Buonocore, Libreros, editores e impresores de Buenos Aires, Buenos Aires, Bowker, 1974, p. 1 y ss.