Juan de la Cruz, la aventura vivida (El legado de Domingo Ynduráin) JUAN ANTONIO MARCOS (Madrid) El 27 de marzo de 2003 moría Domingo Ynduráin. Tenía cin- cuenta y nueve años. Quizás nadie como él ha sabido ver el optimis- mo trascendente que recorre todos los versos sanjuanistas, especial- mente los de Cántico. Dado que la aventura que se revive en los tres grandes poemas de San Juan de la Cruz es un encuentro amoroso logrado y pleno, no queda en ellos lugar ni para la tristeza ni para el dolor. Mientras que en la poesía del momento los motivos egló- gicos aparecen ligados al amor perdido, como testigos de una ausen- cia y un recuerdo, en San Juan aparecen en una formulación posi- tiva, en el momento de la plenitud amorosa, con el amado presente: «Mi amado, las montañas...» No es recuerdo ni tristeza 1 . ¿Quién habló del doctor de las nadas? Es verdad que hay cierto tono de melancolía en el Cántico, pro- pio del Renacimiento, y que el mismo encuentro aparece como una realidad fugaz, pero cuando llega, la enamorada (el alma) se cree Dios y da por bien empleados todos los trabajos y peligros. Aunque se haya pasado por el trance de la purgación, sequedad y sufrimien- to, la memoria selectiva reduce ese trance al mínimo, porque la intensidad de lo logrado es tan alta que al recordar su aventura, lo que recuerda y canta es su dichosa ventura o la llama de amor viva 1 Cf. YNDURÁIN, D., Aproximación a San Juan de la Cruz. Las letras del verso, Madrid, Cátedra, 1990, p.60. REVISTA DE ESPIRITUALIDAD (62) (2003), 389-403