Inversión extranjera directa y desarrollo: limitaciones del caso argentino y lineamientos para una agenda de políticas Matías Kulfas* Resumen La evaluación de los impactos de la inserción del capital extranjero en la economía argentina ha ocupado un lugar de relevancia en la literatura económica. Estos impactos suelen medirse en términos del aporte de la inversión extranjera directa (IED) sobre el ingreso de capitales, la balanza comercial, la generación de empleos, la transferencia de tecnología y la generación de spillovers tecnológicos, el fortalecimiento de las cadenas de valor e incorporación de capital humano. La experiencia argentina de los noventa es rica en la materia, por cuanto se trató de un período de extraordinaria afluencia de flujos de IED, los cuales se distribuyeron en numerosos sectores de la economía. Sin embargo, los efectos sobre el desarrollo económico han sido limitados, encontrándose situaciones de reducido incremento de la formación de capital, efectos de desplazamiento (crowding out), desestructuración de las cadenas de valor y la aparición de nuevos problemas de balanza de pagos (sobre endeudamiento de las firmas) y de finanzas públicas (precios de transferencia). Los spillovers tecnológicos fueron muy limitados y el patrón de especialización productiva tendió a ubicarse más en torno a los servicios, las actividades extractivas y las manufacturas intensivas en recursos naturales, que en actividades de mayor agregación local de valor y, menos aún, entre las actividades que lideran el cambio tecnológico en el ámbito internacional. El presente trabajo analiza los efectos de la IED sobre el desarrollo e intenta trazar una agenda de lineamientos propositivos en la materia. 1. Introducción La presencia del capital extranjero estuvo estrechamente vinculada con las distintas etapas de la historia económica de la Argentina contemporánea, en la cual se produjeron tres grandes oleadas de afluencia de inversiones extranjeras. La primera tuvo lugar durante la Argentina agroexportadora (1880-1930), fundamentalmente durante las últimas dos décadas del siglo XIX y la década de 1920. Las inversiones británicas y de otros países europeos se orientaron por entonces hacia la industria frigorífica y las infraestructuras siendo complementadas por la llegada del capital estadounidense a comienzos del siglo XX. La segunda gran oleada de capitales extranjeros se produjo a fines de la década de 1950 y los años ’60, vinculada a la segunda fase de sustitución de importaciones. En este caso, las inversiones -mayoritariamente de origen estadounidense- se radicaron en el sector industrial. Finalmente, la tercera gran oleada tuvo lugar en los años ’90, cuando la Argentina implementó las reformas estructurales de corte neoliberal y abrió plenamente su economía. Como se puede apreciar, a lo largo de las distintas etapas el capital extranjero juega un papel determinante. La etapa que se inicia a comienzos de la década de 1990 tuvo lugar en forma concomitante a la implementación de las reformas inspiradas en el denominado