Eduardo Pellejero Justicia poética La literatura más allá del punto final No puedo decirte lo que hace el arte ni cómo lo hace, pero sé que el arte a menudo ha juzgado a los jueces, exhortado a los inocentes a la venganza y mostrado al futuro el sufrimiento del pasado para que no fuera olvidado. Sé también que cuando el arte hace eso, cualquiera que sea su forma, los poderosos le temen, y que entre el pueblo ese arte corre a veces como un rumor y una leyenda porque le da sentido a lo que no pueden dárselo las brutalidades de la vida, un sentido que nos une, pues al fin y al cabo es inseparable de un acto de justicia. Cuando funciona así, el arte se convierte en el lugar de encuentro de lo invisible, lo irreductible, lo perdurable, las agallas y el honor. John Berger El 24 de Diciembre de 1986, el entonces presidente de la República Argentina, Raúl Alfonsín, promulgaba la ley 23492 de punto final, que establecía la prescripción de los crímenes de la dictadura militar de 1976 a 1983, entre los cuales se incluían detenciones ilegales, torturas y homicidios, y cuyo saldo ascendía a 30000 desaparecidos 1 . Durante los años siguientes, vendrían a sumarse a eso las leyes de obediencia debida (1987), que establecían la no punibilidad de los delitos cometidos durante la dictadura por los miembros de las fuerzas armadas cuyo grado estuviera por debajo de coronel (en virtud de haber actuado supuestamente bajo ‘obediencia debida’), y una serie de indultos otorgados entre 1989 y 1990 por el presidente Carlos Saúl Menem. Todos esos instrumentos jurídicos, genéricamente conocidos como leyes de impunidad, que pretendían clausurar la historia reciente en nombre de la reconciliación nacional, repetían en plena democracia, al nivel del derecho – con todo, violentamente 1 Sólo quedaban fuera del ámbito de aplicación de la ley los casos de secuestro de recién nacidos, hijos de prisioneras políticas destinadas a desaparecer, que eran por lo general adoptados por militares, quienes les ocultaban su verdadera identidad biológica.