Normas editoriales octubre-noviembre-diciembre, 2008 Foro LA SUBJETIVIDAD EN LA NARRATIVA HISTÓRICA: LA PROTESTA DE BARAGUÁ FRENTE AL ESPEJO Antonio Álvarez Pitaluga Criticar es amar. José Martí. ¡Una novela, un poema, una composición musical o una pintura, no son fuentes fiables ni recomendables para escribir la historia! Así blasona sin miramientos y a camisa quitada todo buen historiador positivista o mejor, neopositivista disfrazado de postmoderno en estos primeros años de siglo XXI. ¡Que por cierto, cómo hay! Pululan por nuestras academias docentes e investigativas como frailes benedictinos, inquisidores del clamor por la construcción de una historia más abierta y flexible con todas las producciones escritas y artísticas del hombre. Contra esos “ángeles del ocaso” van mis reflexiones. Y para empezar nada mejor que un pensamiento del poeta de “Días y Flores”, que me los dibuja cada vez que escucho a algunos de ellos: “! Pobre mortal, qué desarmado y bruto! Perdió el amor y se perdió el respeto.” Llamo historiadores neopositivistas a aquellos solapados en nuevas corrientes y “modas” historiográficas. Modas que casi siempre arriban con bastantes años de atraso, a veces hasta con dos décadas, a nuestras playas del conocimiento social; arrastradas en su mayoría desde mareas europeas y norteamericanas. Ellos se presentan como historiadores de finales o principios de siglo, de nueva hornada, o reciclados –entiéndase por este término de relación industrial, los que en harakiri intelectual se retractan o deshacen de sus pasadas creaciones- y así se autoproclaman historiadores modernos de última generación, idóneos para construir un nuevo pasado. Sin embargo, “el zorro nunca pierde las mañas.” Su fetichismo por el dato y el documento es incólume, que no significa no saberlo enmascarar. Difícilmente