La mitografía como disciplina filológica Jordi Pàmias (Universitat Autònoma de Barcelona) 1. LA FILOLOGÍA Y LA ‘ACADEMIC CORRECTNESS’ La palabra ‘filología’ (y notablemente ‘filología clásica’) denota hoy en día una disciplina científica envejecida y pasada de moda, incómoda acaso, en el entorno político-académico catalán —y probablemente también en otras latitudes. 1 En un artículo que conmemoraba los 25 años de la aparición de su libro Orientalism, Edward Said ya reconocía que “pour les jeunes de la généra- tion actuelle, la philologie évoque une science aussi antique que surannée, alors qu’elle est la plus fondamentale et la plus créatrice des méthodes d’interprétation”. 2 Después de definirse como humanista y de citar a algunos de los filólogos más célebres del siglo XX (Erich Auerbach, Leo Spitzer, Ernst R. Curtius), Said evocaba una “époque où on analysait les textes en termes philologiques, de manière concrète, sensible et intuitive”. No pretendemos ser originales si afirmamos que el edificio de la filología, entendida ésta en el sentido más amplio posible, descansa sobre los fundamen- 1 Mientras escribo estas palabras, soy testigo en primera línea de un proceso de transformaciones de la universidad pública catalana, a consecuencia del cual los estudios humanísticos, y muy especialmente las humanidades clásicas, sufren depredaciones de todo tipo. En nuestra Universitat Autònoma de Barcelona los estudios de Filología, entre ellos la titulación de Filología Clásica, han cambiado recientemente su nombre por el más moderno, y más anglosajón, de Estudios Clásicos —un cambio de nomenclatura, como muchos otros, bajo el paraguas, y el pretexto, del proceso de convergencia con el espacio de educación superior europeo (‘Bologna’). Pero la presión no viene únicamente de ‘arriba’: como ha demostrado la moderna sociología francesa, el poder es una fuerza que no se desplaza sólo en sentido vertical, de arriba abajo, sino que es multifocal y se transmite por vías muy diversas y difusas —por ejemplo, de abajo arriba (Fowler & Fowler 1996, 873-874). Una fuerza histórica poderosísima, en efecto, es la autocensura. Ello explica, acaso, que algunos colegas filólogos se sientan cómodos con el atuendo, más moderno, de los cultural studies. Un alegato contra la (moderna concepción de) cultura puede leerse en Finkielkraut 1987, 149-179. 2 Cf. Said 2003.