LA EXPRESIÓN DE LAS SENSACIONES FÍSICAS Francisca Rodríguez Simón, Hospital Virgen de las Nieves, Granada Antonio Pamies Bertrán, Universidad de Granada La medicina define y nombra los objetos de su campo científico con una taxonomía que desde hace tiempo interesa a los lexicógrafos por la gran riqueza de su vocabulario (varias decenas de miles de unidades, por ahora), y a su compleja morfología, lo que ha dado lugar a diccionarios, glosarios multilingües, y trabajos lexicológicos y traductológicos sobre problemas específicos de este léxico (ver p.ej. Félix Fernández & Ortega Arjonilla, 1998), o incluso trabajos de semántica, como el reciente estudio de G.W.van Rijn, Metaphors in Medical Text (1997). Más allá de sus evidentes diferencias de enfoque y finalidades, estos trabajos comparten el hecho de abordar el lenguaje de la medicina desde el punto de vista de la comunicación entre médicos (con o sin mediación interlingüística). En cambio se ha prestado menos atención a otra faceta de esta cuestión: lo que -por decirlo de forma figurada y simplista- podríamos llamar el lenguaje de los enfermos (con excepción naturalmente de las patologías del habla, que constituyen una disciplina propia). Que sepamos, tan sólo existen algunas colecciones lexicográficas, de orientación más bien dialectológica, cuando no humorística, que recogen sobre todo las “perlas” de los pacientes cuando intentan usar el lenguaje médico. Cabría citar por ejemplo el glosario que publicó por entregas Hossain Aomar Mohamed en la Revista del Colegio de Médicos de Granada, donde se recogían equivalencias populares y pseudocultismos médicos más o menos pintorescos como úrsula (úlcera); triciclos (triglicéridos); fiebre de los conejos (tularemia); apretón del Diablo (enfermedad de Bornholm); borrega (ampolla); coliflores (condilomas acuminados); endiciones (inyecciones)... Pero estos vulgarismos también son empleados por los individuos sanos, y son muestras del habla popular, no de un campo específicamente relacionado con los pacientes, aunque naturalmente el médico deba conocer estas variantes populares para comprender a los pacientes que las emplean. El estudio de lo que llamamos lenguaje de los pacientes trasciende el ámbito de las curiosidades filológicas así como el de la dialectología, ya que tiene relación directa con hechos vinculados a la realidad cotidiana de la atención médica, y al mismo tiempo, permite examinar desde un ángulo más el problema de la creatividad léxica en general, debido a las particularidades propias de esta forma de hablar. Existe al menos un trabajo -que sepamos- que abordó esta cuestión desde este ángulo, aunque su presentación en forma de diccionario, más propicio a la consulta que a la lectura, da una visión atomizada del fenómeno. Se trata del interesante Diccionario casi médico de la provincia de Granada, basado principalmente en el habla de Motril, realizado por el médico Jesús Cabezas Jiménez (1996). Aunque hay que decir que las expresiones propias de esta variedad del habla aparecen en él mezcladas de modo indiferenciado con dialectalismos, arcaísmos rurales, y solecismos pintorescos del tipo antes señalado, como ácido lúdico (por úrico), agua cejinada (por oxigenada), almorronoides (mezcla entre almorrana y hemorroides), angélica (por alérgica), porrino, (por otorrino), pay-pay (para by-pass) etc. Algunos dialectalismos