teorema Vol. XXVIII/2, 2009, pp. 215-221 [BIBLID 0210-1602 (2009) 28:2; pp. 215-221] 215 NOTAS CRÍTICAS Nihilismo darwinista Antonio Diéguez La darwinización del mundo, de CARLOS CASTRODEZA, BARCELONA, HERDER, 2009, 415 páginas, 19.04€ El problema que plantea Carlos Castrodeza en su último y sustancioso libro La darwinización del mundo —continuando así una reflexión cuyos principales hitos se retrotraen a dos libros anteriores, Razón biológica (Ma- drid: Minerva, 1999) y Nihilismo y supervivencia (Madrid: Trotta, 2007)— no es ciertamente un problema menor, y a estas alturas ha venido a convertir- se en un asunto que no se puede soslayar si es que hemos de mantener una mínima honestidad intelectual. De mí he de decir, para que el lector tenga to- das las cartas sobre la mesa, que si bien me ha ocupado largos ratos de cavi- laciones, en buena medida al hilo de la lectura de estos libros mencionados, el resultado por el momento no me permite salir de la perplejidad. La perple- jidad no es lo mismo que la duda. Hace ya un tiempo que Javier Muguerza lo aclaró en nuestros lares: “El que duda entre dos alternativas contrapuestas no se pronuncia por ninguna de las dos. El perplejo, en cambio, se debate en una tensión que de algún modo tiende a abarcar a ambas por igual” [Muguerza (1990), p. 661]. Mi perplejidad estriba en que por un lado los argumentos del libro de Castrodeza me parecen convincentes y las conclusiones, por lo tanto, difíciles de eludir, pero por otro lado, no puedo evitar que algo dentro de mí (Castrodeza entenderá que diga que es algo de tipo biológico) me impida aceptarlas sosegadamente. La cuestión, en pocas palabras, es la siguiente: si hemos de incluir al ser humano en la explicación darwinista de la vida (y pocos de los que realmente cuentan en el mundo intelectual serán reacios a hacerlo), ¿qué consecuencias se siguen de ello? Y, en particular, ¿qué sentido podemos darle a nuestra existencia? Para responder a esto, Castrodeza deja claro que “el principio de la selección natural es más metafísico que físico, y aunque esto pueda sonar sorprendente, no debería serlo tanto, porque dicho principio respondería, en