Sofía N. González Lengua y Literatura 2° “A” ISP “Dr. Joaquín V. González” La construcción de la figura femenina en la narrativa gótica El lenguaje del terror está dedicado a un gasto sin fin, a pesar de que esto sólo apunte a lograr un único efecto. Se dirige más allá de toda posible última morada. Michael Foucault, “El lenguaje al infinito” Para introducir el género del que vamos a hablar, comenzaremos diciendo cuál es su origen. El término gótico proviene de la palabra latina gothicus, relativa a los godos, antiguo pueblo germánico que formaba parte del grupo que los romanos denominaban bárbaros. No es casual la elección de este nombre, de esta raíz para denominar la corriente artística gótica. En su prefacio para Cromwell, Victor Hugo hace un resumen de las tres edades de la poesía, que responden cada cual a una determinada época de la sociedad: comienza por la poesía lirica, en los tiempos primitivos; luego continúa la epopeya en los tiempos antiguos; y, finalmente, el drama, en los tiempos modernos. En este manifiesto del Romanticismo, Victor Hugo nos habla del tiempo moderno como la época en que surge otra forma de belleza, otra forma de apreciar, de ver. La belleza ya no es el ideal griego, lo simétrico, lo perfectamente proporcionado. Ahora entra en los parámetros lo feo, lo grotesco, lo monstruoso, lo bárbaro. Es así que nace una corriente que incorpora los elementos fantásticos, lo pesadillesco, lo referente al infierno, en un modo de traer los demonios denunciados por la Iglesia a la vida cotidiana del pueblo. Hablamos, pues, de la Edad Media, tiempo que descansa bajo la mirada vigilante del dogma de la Iglesia católica. La corriente gótica, así como la romántica, mas tarde mirará con nostalgia esta edad marcada por la exaltación de lo grotesco como una nueva forma de belleza. La literatura gótica nace en la Inglaterra de finales del siglo XVIII, como contraposición de la corriente dominante en ese entonces, el Iluminismo, nacida en el siglo XVII y finalizada con el comienzo de la Revolución Francesa, aunque en algunos países se prolongó hasta principios del siglo XIX. Esta corriente sostenía que la razón era el medio humano por el cual se podían eliminar los miedos, la ignorancia, la superstición y la tiranía; buscaba eliminar las tinieblas de los comportamientos y creencias humanas y acceder a un conocimiento verdadero para construir una realidad armoniosa. Por esta razón, el siglo XVIII es conocido como el siglo de las luces. La narrativa gótica, entonces, aparece como la negación de estos tiempos donde el foco está puesto en la razón y todo debe tener una explicación lógica para llegar a la raíz de los problemas, eliminando toda superstición sin fundamento. Mientras que el iluminismo se basa en el dominio de los miedos y pasiones ocultas en la mente humana, la cultura gótica saca a relieve todo esto, poniendo el énfasis en la liberación de toda la oscuridad que guarda el espíritu humano, pasiones, temores y obsesiones a los cuales resulta necesario dar rienda suelta. Desde su comienzo a finales del siglo XVIII, este tipo de narrativa va transformándose y, en este sentido, el cambio más sustancial se da en la época victoriana, donde aparece un resurgimiento y revaloración del género, que ha mutado y comienza a tratar temas, que, vistos superficialmente como meras historias de terror sobrenatural, constituyen metáforas y discursos sobre la naturaleza humana y los rincones oscuros de la mente de las personas, discursos presentes en obras como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Louis Stevenson. La narrativa gótica expone nuevos tópicos polémicos relacionados con temas tabú de la época. Podemos mencionar como ejemplo la nouvelle vampírica de Sheridan Le Fanu, Carmilla, publicada en 1872. Esta historia