50 INVESTIGACIÓN Y CIENCIA, diciembre 2017 Lino Camprubí es investigador Ramón y Cajal del Centro de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador visitante del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia en Berlín. Historia de la ciencia por Lino Camprubí Los cientíicos e ingenieros de Franco La historia de la ciencia y la tecnología transforman lo que sabíamos hasta ahora sobre la construcción del Estado franquista E n 1936, Álvaro de Ansorena, ingenie- ro agrónomo y director de la Esta- ción Experimental Arrocera de Sueca, en Valencia, amplió la Estación para alojar un nuevo laboratorio de genética. En él hibridaban granos de arroz de distintas variedades con la esperanza de obtener plantas mejoradas, más resistentes o pro- ductivas. Si bien la actividad del labora- torio era cientíicamente modesta, en las décadas siguientes la Estación dominaría las publicaciones sobre genética y varie- dades de arroz en España. Al terminar la Guerra Civil, De Anso- rena insertó la Estación de Sueca en el Sindicato Nacional de Cereales: él y sus colaboradores negociaban con jefes sindi- cales y con agricultores los aspectos más variados de la economía arrocera, desde las técnicas de plantado hasta el modo de sortear la escasez de abonos o las semillas que debían plantarse en cada región. Los granos híbridos de arroz de Sueca esta- ban en la cúspide de una estructura que regulaba la producción, distribución y consumo de arroz a nivel nacional. No conviene exagerar el poder de este ingeniero: los jefes sindicales respondían a razones políticas, los agricultores a me- nudo preferían sus propias técnicas y se- millas a las impuestas por los expertos, y el estraperlo y la corrupción ponían sus propios límites y vías de escape al sistema. Pero tampoco puede negarse el impacto que tuvo el laboratorio en la economía política arrocera: las técnicas de hibrida- ción adquirieron una nueva dimensión, dado que De Ansorena tenía acceso a los campos de agricultores pertenecientes al sindicato para la llamada selección ge- nealógica, que obtenía cosechas enteras a partir de un solo grano de arroz. En 1952, coincidiendo con la liberalización de pre- cios y el in de los racionamientos, la va- riedad Colusa x Nano obtenida en Sueca representaba el 75 por ciento de la cosecha nacional, del Delta del Ebro a las nuevas plantaciones del bajo Guadalquivir. Estos paisajes estandarizados a través de las semillas ofrecen una imagen de la econo- mía corporativa en marcha y del papel del Sindicato Vertical en la transformación del territorio y la economía española. Aunque durante esos años se pro- dujeron avances cientíicos mucho más espectaculares —pensemos en el descu- brimiento de la doble hélice del ADN, en 1953—, si nuestro objetivo es entender el lugar de la investigación en la economía de un Estado moderno, iniciativas apa- rentemente modestas desde el punto de vista académico como la de De Ansorena adquieren una importancia renovada. Ampliar nuestras expectativas sobre lo que esperamos encontrar en una historia de la ciencia y la tecnología es política- mente revolucionario: tiene el potencial de transformar las categorías con las que comúnmente entendemos los Estados, sus territorios y sus relaciones. ¿Ciencia aplicada? Nuestro mundo actual está atravesado por aparatos técnicos y teorías cientíicas. Los imperios y Estados que perecieron, apare- cieron o se transformaron en el siglo xx lo hicieron en contextos productivos y geopolíticos imposibles de entender sin hacer referencia a la ciencia y la tecno- logía. Sin embargo, persiste la brecha entre la historia de la ciencia y las histo- rias generalistas, políticas, económicas o diplomáticas. Con todo, si ampliamos el foco de estudio más allá de innovaciones y descubrimientos, y más allá de las uni- versidades punteras de países ricos, tal vez podremos desentrañar el lugar de la inves- tigación en las sociedades del presente. En su contribución a The Routledge handbook of the political economy of science, el historiador David Edgerton pone la España de Franco como ejemplo de imbricación entre ciencia y economía política. Pero el vínculo vale para cualquier país industrializado o en vías de industria- lización: el grueso de la investigación cien- tíica y tecnológica de la segunda mitad del siglo xx estuvo dirigida a proyectos de urgencia económica, social o militar. Des- preciar esto como «ciencia aplicada» o políticamente dirigida sería olvidar que los complejos militar-industriales han pro- piciado el desarrollo de nuevos campos y hallazgos tanto o más como se han basado en la aplicación de teorías ya existentes. La transformación de España: Autarquía y Guerra Fría Volvamos al período franquista. Los his- toriadores han señalado el exilio, la re- presión, el inmovilismo tradicionalista, la endogamia y el aislamiento como claves del «atroz desmoche» perpetrado contra la universidad española. Aunque las uni- versidades de 1970 estaban mucho más pobladas y diversiicadas que las de los años treinta, el período de recuperación tras la guerra y la depuración política fue arduo, lento y plagado de retrocesos que aún hoy colean. Sin embargo, fuera de la universidad (si bien no siempre indepen- dientemente de ella), el desarrollo de cier- tos campos de estudio fue simultáneo a la transformación económica y física de la España autárquica en un país industriali- zado y aliado de las potencias capitalistas. ¿Cuál fue el papel de la investigación cientíica en la conformación del régimen franquista y en la construcción del Esta- do? Esta pregunta solo se puede responder desde el pluralismo cientíico y político, dos premisas compartidas por muchos