Las terapias cognitivo-conductuales: Una revisión F. Bas Ramallo Centro de Terapia y Modificación de Conducta I. HAZAÑAS DE UN TERAPEUTA PREHISTORICO Desde Epicteto de Hierópolis (s. mi) hasta los recientes trabajos de Meichen- baum y Cameron (1980), es posible en- contrar huellas de lo que en este siglo ha venido a llamarse terapia cognitiva. La idea de que el pensamiento juega un poderoso papel tanto en la creación y mantenimiento de ciertos estados emo- cionales como en la dirección de la pro- pia conducta, puede constituir una vieja creencia a fuer de constituir igualmente una vieja experiencia. Nos podemos ima- ginar a un joven e inexperto cazador pre- histórico compungido y melancólico por haber perdido una pieza que le parecía fácil, siendo consolado por un compañero más experto y optimista que le sugiriese en su jerga: ¡Olvídate hombre, ya llega- rán tiempos mejores! Tal individuo po- dría estar pretendiendo «cambiar» los negros pensamientos de su compañero guiado quizás por su propia experiencia subjetiva. La posibilidad de aprender y modificar nuestras actitudes en base a la propia experiencia, sin el concurso de otros, tomando como fundamento la auto- observación ha sido tratada en varias oca- siones (Ben, 1967; Dulany, 1968; Wil- kins, 1971; Bandura, 1977 b), y nos permite sugerir que tales procesos tienen que haber sido «vividos» por el hombre desde épocas remotas. Si nuestro improvisado e intuitivo te- rapeuta prehistórico se hubiese mante- nido en una estrategia de cambio pura- mente verbal, tratando los aspectos esen- cialmente conscientes de la experiencia negativa de su compañero, buscando las «ideas y creencias irracionales», las «con- tradicciones», las «generalizaciones inco- rrectas», las «dicotomías», etc., en defi- nitiva intentando alterar el conjunto de creencias del sujeto acerca de su propia incapacidad, diríamos en términos actua- les que estaba aplicando una terapia cog- nitiva pura o terapia semántico-cognitiva. Su objetivo habría consistido en cambiar los pensamientos de su compañero, con la esperanza de que, una vez modificados éstos, se alterarían positivamente sus emociones y la forma de conducirse. Pero supongamos que tal sujeto no sólo conocía el poder de la persuasión Estudios de Psicología n..* 7 - 19811