1 El género policial italiano en femenino y su recepción en España. Laureano Núñez García Yolanda Romano Martín Universidad de Salamanca Cuando en 1884 la escritora y periodista Matilde Serao publicó Il ventre di Napoli, novela por entregas que denunciaba con realismo el lado más oscuro y degradado de la ciudad de Nápoles de finales del siglo XIX, seguramente no podía imaginar que novelas como la suya, folletinescas o de apéndice de sinuosa atmósfera noir y temática urbana de indiscutible influencia francesa (Los Misterios de París, de Eugène Sue, 1843-44), serían una de las semillas de las que nacerá la novela de intriga, detectivesca o criminal que tan destacado papel desempeñará en la ficción narrativa (y cinematográfica) desde el siglo XX hasta nuestros días. Tampoco podía imaginar Matilde Serao que esa narrativa de intriga que en Italia adoptará el nombre de género giallo (englobando sus muchas variantes temáticas y formales) llegaría a tener el respaldo mayoritario del público y de la crítica. A decir verdad, el apoyo mayoritario de los lectores siempre acompañó a este género narrativo y la misma novela de apéndice de la segunda mitad del siglo XIX está íntimamente ligada a esta búsqueda de un publico popular deseoso de conocer, a través de la letra impresa, el lado sangriento de sus ciudades; pero nada habría podido hacer pensar que otra denuncia-reportaje sobre la degradación de su ciudad, Gomorra de Roberto Saviano, se convertiría en un caso paradójico sobre el poder de la literatura para retratar la sociedad y denunciar la violencia con tanta fidelidad y acierto que esa misma violencia criminal amenaza ahora realmente al autor. Por último, es poco probable que Matilde Serao, consciente de la rareza que suponía su condición de mujer en el panorama literario italiano de la época, imaginara la nutrida presencia de otras mujeres en la narrativa gialla contemporánea italiana, y que su novela El vientre de Nápoles sería traducida al español (por una mujer, Nuria Pérez Vicente, para la editorial Un mar de sueños) ciento dieciocho años después de ser publicada. Precisamente de algunas de estas cuestiones trata este trabajo, es decir, de las escritoras italianas que en estas últimas décadas han cultivado la narrativa gialla y de la recepción de sus obras en España a partir de las traducciones publicadas. Si nos detenemos a pensar en la evolución del giallo italiano, que hoy cuenta con estudios críticos muy completos [L. Rambelli, 1979, M. Carloni, 1994, L. Crovi, 2000, 2002], comprobaríamos que tuvo un desarrollo mucho más lento que el emprendido por otras literaturas nacionales, especialmente anglosajonas. Es verdad que existieron pioneros muy meritorios como Emilio de Marchi que en 1887 publicó El sombrero del sacerdote o que ya en 1929 nació la mítica colección de Mondadori “I libri gialli”, pero entre la animadversión del fascismo a este género (considerado poco patriótico y nocivo para la moral), y el fácil recurso a la traducción de novelas extranjeras, solo algunos autores como Ezio De Errico o Augusto De Angeli dieron prueba de auténtico nervio literario en la construcción de sus novelas policíacas siguiendo la estela del comisario Maigret de George Simenon. Inútil decir que la presencia de escritoras italianas que cultivaran el género fue prácticamente inexistente, precisamente en unas décadas en las que reinaba en la narrativa detectivesca europea una mujer, Agatha Christie, creadora de la investigadora más famosa del género, Miss Marple, excelente ejemplo de esta novela clásica de enigma que pone a prueba la inteligencia de los lectores con tramas refinadas e hieráticos mayordomos que terminan por confesar crímenes que a priori se presentaban como perfectos. En realidad en la historia del giallo italiano del siglo XX encontramos una serie de aportaciones que van fraguando la importancia que este tipo de literatura alcanzará a finales del siglo XX. En primer lugar, no podemos perder de vista la dignidad que le confiere al género giallo la apuesta de escritores como Carlo Emilio Gadda o Leonardo Sciascia, autores de novelas policíacas de una calidad literaria que las sitúan entre lo más destacado del canon literario del Novecento. El inspector Ciccio Ingravallo protagoniza Quer Pasticciaccio brutto de via Merulana, un crimen sin solución posible pues lo verdaderamente importante es cerciorarse de lo indescifrable y compleja que es la realidad y la condición humana, mientras las novelas de Sciascia giran en torno al poder criminal de la sociedad siciliana como metáfora de la corrupción del poder en el mundo. En segundo lugar, en la década de los sesenta del siglo pasado reaparece un autor que ya tenía una larga trayectoria como escritor de novela popular rosa y criminal: Giorgio Scerbanenco. La publicación de obras como Venere privata (1966) o I ragazzi del massacro (1968) suponen el