253 La Mérida tardorromana: de capital de la diocesis hispaniarum a sede temporal de la monarquía sueva Pedro Mateos Cruz Instituto de Arqueología de Mérida (csic) E s difícil señalar las razones por las que Augusta Emerita fue elegida sede de Vicarius Hispaniarum ante la ausencia de datos históricos y arqueológicos que arrojaran luz a este tema. La propia continuidad de su actividad económica, cultural y política sería un elemento fundamental. Las razones históricas y políticas de la elección aún se nos escapan. Arce plantea que dicha elección tuvo que ver con su misma posición geopolítica periférica con respecto al resto de ciudades de la dióce- sis. Bien comunicada con la Bética, así como con la Tarraconense y la Cartaginense, desplazaba el eje político a una región menos confictiva y con menos posibilidades de caer en manos de usurpadores y rebeldes como podía ser el caso de Tarraco y Carthago Nova (Arce Martínez 2004: 12). Urbanísticamente en este período se realizan una serie de transformaciones en la ciudad que debemos entender como consecuencia de este nombramiento y del dinamismo que provocaron estos cambios administrativos en la antigua colonia. Tal es el caso de la restauración llevada a cabo en los edifcios de ocio y representación ya que ha sido documentada tanto epigráfca como arqueológicamente la renova- ción de los principales edifcios de espectáculos en este momento entre el año 335 -teatro y anfteatro- y el año 337 -circo-, lo que evidencia una continuidad en su uso. La capitalidad recién estrenada debió provocar numerosas reformas y modi- fcaciones en la estructura urbana. La propia dinámica y las nuevas necesidades urbanas provocaron cambios sustanciales en el tejido urbano de los que, en algunos casos, tenemos constancia arqueológica (Mateos Cruz - Alba Calzado 2000: 145). En cuanto a las viviendas localizadas en la zona intramuros, además de la am- pliación hacia la calle documentada en algunas de ellas, también se ha confrmado, en las excavaciones desarrolladas en la zona Arqueológica de Morería, reformas donde se observa que algunos edifcios aumentan el espacio de la vivienda en oca- siones con amplios salones absidados y con baños privados (Alba Calzado 1997: 190 y ss.) (Fig. 1). Sin embargo, existen elementos que defnen la continuidad de la trama urbana a lo largo de la cuarta centuria como la persistencia de las áreas forenses y de los principales edifcios públicos que no verán alterada su estructura arquitectónica y funcional hasta el s. V (Ayerbe Vélez et alii 2009: 800 y ss.). También observamos una continuidad en el recinto amurallado de Augusta Emerita durante este período ya que no se ha documentado ni una sola reforma, ni en su trazado ni en sus características arquitectónicas, a lo largo de esta cuarta cen- turia. Posiblemente se realizaran refracciones puntuales en su estructura, tanto en sus puertas como en el alzado de los lienzos y las torres que poblaban su recorrido. Pero es en la zona extramuros donde se van a producir los principales cam- bios urbanísticos en este período. Si bien las áreas funerarias paganas mantienen su extensión en los alrededores de las vías principales de acceso a la ciudad, en esta centuria parecen haber colapsado aumentando su extensión. A este desarrollo de las necrópolis debemos añadir el progresivo abandono de las viviendas suburbanas, así como la aparición de nuevas áreas funerarias, localizadas sobre todo en la zona Sur y en el lado nororiental, ocupando el espacio abandonado de las domus suburbanas documentadas en la zona. A tenor de los datos ofrecidos por la arqueología urbana, todo parece indicar que a partir de asumir la capitalidad de la Diocesis Hispaniarum, el s. IV en Mérida se caracterizará por una continuidad funcional de las principales estructuras que conforman su urbanismo aunque sujetas a numerosas transformaciones propias del paso del tiempo y a restauraciones, sobre todo en el ámbito público, como conse- cuencia de la nueva realidad que vive la ciudad en estos años. Paralelamente, a lo largo de la cuarta centuria, van a introducirse de una manera lenta y progresiva diversas manifestaciones que forman parte de un nuevo contexto cultural, el cris- tianismo que, aunque todavía de una manera minoritaria en este siglo, irá calando en la sociedad emeritense a lo largo del tiempo. Las primeras expresiones de la cultura cristiana durante esta centuria van a convivir con una sociedad profundamente pagana que poco a poco se muestra per- meable a nuevas formas culturales que irán surgiendo sobre todo en las principales ciudades de Occidente a partir de las persecuciones de Diocleciano y Maximiano Hercúleo. Este hecho dará origen al nacimiento de nuevos mártires que provocarán los primeros testimonios arquitectónicos del cristianismo en el urbanismo de las ciudades. En Mérida, a pesar de haberse documentado algunos datos de la existen- cia de una comunidad cristiana a lo largo de los ss. II y III, no será hasta la cuarta centuria cuando aparecerán los primeros vestigios de esta nueva cultura en la topo- graf ía de la ciudad, coincidiendo con la muerte de la joven Eulalia y el nacimiento de su culto martirial cantado por Prudencio en el Peristephanon. Así se ha documentado en la necrópolis de Sta. Eulalia, un edifcio de carácter martirial que se encuentra ocupando el espacio que después será utilizado como el santuario de la basílica paleocristiana (Mateos Cruz 1999). Alrededor de este edif- cio se van realizando enterramientos de carácter cristiano tanto en el exterior como en el interior de otros mausoleos construidos en torno al edifcio martirial, que certifcan la existencia a lo largo del s. IV de una comunidad cristiana en la ciudad, cuya presencia se verá refejada en el urbanismo emeritense a partir de sus ritos funerarios y cultuales en torno a la fgura del mártir. Para recrear las características fundamentales del urbanismo de la ciudad eme- ritense a lo largo del s. V debemos adentrarnos en los datos arqueológicos ofrecidos por las excavaciones realizadas en el yacimiento y en las escasas fuentes históricas de la época, que fundamentalmente se basan en la Chronica de Hydacio y en la presencia de godos y suevos en la ciudad analizadas recientemente por Javier Arce (2011: 491-503). Debemos resaltar la presencia de los suevos en Emerita como consecuencia del intento de expansión hacia el sur de Rechila, que entró en la ciudad en el año 439 con el objetivo de establecer en Mérida su centro de operaciones y el control de la Bética (Ibidem, 499), convirtiendo a la ciudad en la capital temporal de la mo- narquía sueva. Por 10 años, al menos, la sede del poder suevo no va a ser Bracara sino Emerita desde donde se realizan las incursiones a la Bética, para, entre otras acciones, tomar Hispalis en el año 441 que continuó en manos suevas, al parecer, hasta el año 458 (Díaz Martínez 2000: 405).