Muy pocos sospechan de la vida amorosa de los árboles desnudos en el otoño; del sauce tristísimo, reclinadas sus ramas en el roble; del algodonero que gime y el álamo que sufre; de la palma sola en las islas de fuego soñando un dulce sueño de brisas con el pino azul en la alta cumbre nevada. Alguno podrá haber imaginado que cuando más fuerte sopla el viento, los abedules se besan en secreto y los cedros se abrazan entre sí. Si alguien cantó alguna vez los árboles-músicos o los árboles-poetas, nadie nunca cantó los árboles-amantes en la orgía vegetal del bosque al oscurecer. Silencio de amatistas Fernando Valerio-Holguín