33 UN ALTAR PARA LOS MUERTOS Pablo F. Sendón Introducción Hacia mediados del siglo pasado algo paradójico parece haber sucedido en la etnología sudamericana. Inmediatamente después de haberse delimitado “áreas culturales” con el propósito de clasifcar a las poblaciones amerindias que habitaban, y aún lo hacen, el continente (Steward 1949, Murdock 1951), parte de la etnología consagrada a esta región –no sin antecedentes meritorios– parece haberse visto confrontada ante una serie de evidencias (etnográfcas, históricas, arqueológicas, lingüísticas) que si bien no contradecían abiertamente el trabajo de clasifcación previo, al menos tendían un manto de duda sobre él. Ello es válido en lo que respecta al estudio de las poblaciones de las así llamadas “tierras altas” y “tierras bajas”. Una de las primeras refexiones sobre la materia es el estudio de R. Tom Zuidema sobre el sistema del ceques del Cuzco, entre cuyas fuentes destacan los estudios etnográfcos consagrados a ciertas formas de organización social de las poblaciones indígenas del Brasil. En particular, Zuidema se vio cautivado por la similitud formal del sistema de ceques y la organización aldeana –circular y radial– de los bororo del Matto Grosso y de varias tribus gê del este del Brasil, por las congruencias entre el sistema de organización de grupos de edad entre los canelas y su homólogo incaico, y por las refexiones de Claude Lévi-Strauss relativas a las relaciones entre estructuras duales y tripartitas en el interior de estos grupos y su pertinencia para explicar características propias de la organización social incaica. Aunque en este trabajo Zuidema procuró evitar cualquier referencia a los sistemas del Brasil 1 , en sus consideraciones preliminares observó dos aspectos que invitaban a tender puentes comparativos entre ambas regiones: la importancia del sistema inca 1 Cosa que sí hizo en publicaciones contemporáneas al mismo y que detentan un tratamiento técnico de la información de base digna de destacar (Zuidema 1965, 1969).