Pequeña biografía de un Ministro de Hacienda nacido en Béjar: José Sánchez Ocaña (1798- 1887) Carmen Cascón Matas Historiadora I. Óleo sobre lienzo, tinta sobre papel. Me acerqué sigilosamente, con el respeto debido a los muertos, a aquella tela pintada. Las pinceladas de pintura aplicadas meticulosamente por el pintor anónimo se me hicieron más evidentes y llegué a la conclusión de que percibiría mejor los rasgos del retratado distanciándome unos centímetros. La estrategia dio el resultado esperado: la silueta del personaje se me reveló en toda su plenitud, emergiendo de las sombras oscuras del fondo. El hombre estaba sentado en una silla de terciopelo rojo, pequeña para su estatura. La pose se podría denominar de clásica y era fácilmente rastreable en los retratos de Goya ejecutados medio siglo atrás, aunque, claro, el artista era de medio pelo y no había resuelto correctamente lo que se traía entre manos. La silla demasiado escorada, pequeña, emergía detrás de la figura de un modo quasi imposible; el personaje, sentado casi en el borde, poseía unas piernas un poco exiguas para concebirlas unidas al torso y una cabeza grande. La mano derecha descansaba sobre una mesa envuelta en terciopelo granate y mostraba un papel al espectador, y la izquierda se posaba en el reposabrazos del asiento. Ambas se hallaban cubiertas por guantes de un blanco impoluto. Sin embargo, no fue esto lo que primero me llamó la atención, sino la banda que, justo en el centro del cuadro, cruzaba el pecho del personaje. Una tira de raso roja y blanca le envolvía brillante cual regalo de cumpleaños, destacando sobre un conjunto compuesto de pantalón y chaleco blancos y chaqueta negra de mangas bordadas en oro, traje apto, desde nuestro punto de vista actual, para ser ofertado a niños de primera comunión. Las dos condecoraciones que completaban el atrezzo le conferían esta vez cierto aire militar. Era evidente que el retratado quería revelar en un golpe de vista el nivel social y político al que había llegado, aunque con el tiempo el océano del tiempo ahogara su nombre. Me fijé detenidamente en su rostro, enfrentándome a él, interrogándole, intentando desvelar el secreto de su vida. De cabellos entrecanos y recortados y frente despejada, don José nos atisbaba altaneramente con sus ojos empequeñecidos por la miopía. Las gafas de cristales mínimos desvelaban una mirada inquisitiva y perspicaz, algo zorruna, rubricada con una sonrisa impostada, casi de lobo a punto de saltar sobre su presa. Decidí que no me hubiese gustado estar en su presencia. No sé, quizás su rostro se me antojaba más propio de político actual, de presidente de banco, miembro del F.M.I. o incluso de propietario de empresa de nuevas tecnologías, por ejemplo. Me prometí manipular la fotografía con photoshop. Seleccionaría su cara, la cortaría como capa y la pegaría en un cuerpo actual, con traje y corbata. Sí, probablemente la nueva indumentaria le quedaría bien, a la perfección. Podría salir en la tele hablándonos de la prima de riesgo y de los rescates bancarios, del conflicto con Gibraltar o del lanzamiento de un nuevo smartphone. El hechizo se rompió. Una voz me anunció la próxima reunión de las asociaciones vecinales en la sala, metáfora de una inminente expulsión, así que retraté el lienzo con mi cámara y salí a escape.