1 Sir Roger Scruton Bebo luego existo (Londres: Cotinuum, 2009) PRELUDIO A lo largo de la historia registrada los seres humanos han hecho la vida llevadera tomando intoxicantes. Y, mientras que las sociedades difieren en cuanto a qué intoxicantes alentar, cuáles tolerar y cuáles prohibir, ha existido una convergencia de opiniones alrededor de una regla sumamente importante: que el resultado no debe amenazar el orden público. La pipa de la paz del nativo americano, como el narguile de Medio Oriente, ilustran un ideal de intoxicación social, en la cual los buenos modales, los afectos sin complicaciones y los pensamientos serenos se manifiestan mediante el resoplo comunitario. Alguna gente ve el cannabis en los mismos términos, aunque la investigación de sus efectos neurológicos derrama otra luz más perturbadora sobre su significado social. Sin embargo, el caso problemático no es el cannabis sino el alcohol, el cual tiene un efecto instantáneo sobre la coordinación física, los modales, las emociones y el entendimiento. Un visitante de otro planeta, que observase a los rusos bajo la influencia del vodka, a los checos empuñando un slivovitz o a los montañeses estadounidenses tomando whisky ilegal hasta desfallecer, con seguridad favorecería la prohibición. Pero, como sabemos, la prohibición no funciona. Pues si la sociedad se ve amenazada por los intoxicantes, se ve igualmente amenazada por la falta de ellos. Sin su ayuda nos vemos como somos, y ninguna sociedad humana puede ser construida sobre una base tan delicada. El mundo está asediado por ilusiones destructivas, y la historia reciente nos ha prevenido contra ellas, tanto que nos olvidamos que esas ilusiones a veces son beneficiosas. ¿Dónde estaríamos sin la creencia que los seres humanos pueden enfrentar el desastre y jurar un amor eterno? Pero tal creencia persiste sólo si es renovada en la imaginación, ¿y cómo puede esto ocurrir si no tenemos ruta de escape de la evidencia? La necesidad de intoxicantes está por lo tanto profundamente incrustada en nosotros y todo intento de prohibir nuestros hábitos está destinado al fracaso. La cuestión real, sugiero, no es intoxicantes sí o no, sino cuáles. Y —aunque todos los intoxicantes disfrazan las cosas— algunos (el vino preeminentemente) también ayudan a confrontarlas, presentándolas en formas reimaginadas e idealizadas. Los antiguos tenían una solución al problema del alcohol, que consistía en rodear la bebida de rituales religiosos, tratarla como encarnación de un dios y marginalizar la