1 [Ponencia presentada el 05 de noviembre de 2020 durante el V Coloquio de la Red de Estudios Latinoamericanos Deleuze y Guattari] La geología de la moral (¿por quién se toma al Amazonas?) Iván Darío Ávila Gaitán La geología de la moral (¿por quién se toma la tierra?) es quizá una de las mesetas más inquietantes de Mil mesetas (Deleuze y Guattari, 2010). Parece que se tratara de una parodia del saber enciclopédico o de la necesidad de construir un complejo sistema filosófico. En ella Deleuze y Guattari, a diferencia de muchos de los de su generación, parecen aventurarse a delinear conceptos capaces de dar cuenta de los diversos estratos que componen lo real. De las materias no formadas pasan a los estratos físico-químico, orgánico y aloplástico o antropomorfo. Es comprensible por qué Badiou (2014) en La aventura de la filosofía francesa señala que la historia de la filosofía está marcada por tres momentos cruciales: la Grecia clásica, la Alemania idealista y la Francia contemporánea (reconociendo aquí, por supuesto, lo contemporáneo como un modo intempestivo de hacer filosofía -en, contra y más allá del propio presente-). Así como Hegel habría intentado comprender las travesías del Espíritu a través del desenvolvimiento de lo humano y lo no humano, lo divino y lo terrenal, o así como Aristóteles habría aludido a un Cosmos cíclico en el que, impulsados por ese primer motor inmóvil que es el Pensamiento puro, las plantas, los animales y los humanos se tienden a realizar, así mismo Deleuze y Guattari estarían contribuyendo a constituir una nueva imagen del pensamiento o gran episteme en torno a lo real. Se comprende entonces por qué Deleuze, a diferencia de Foucault o Derrida, manifestó no temerle ni a la metafísica ni a sus eternos problemas (la relación entre lo uno y lo múltiple, la sustancia y la forma, la materia y el lenguaje, etc.). Sin embargo, la metafísica deleuzo-guattariana no podría ser sino postnietzscheana, lo cual conlleva una dificultad concreta: ¿cómo hacer metafísica después de la muerte de Dios? En realidad, Deleuze y Guattari se proponen hacer metafísica en un mundo postmetafísico, de ahí que, al igual que Nietzsche, no se detengan en la pregunta por la muerte de Dios, pues antes que de una interrogante se trata de una constatación, como bien señala Zaratustra. A diferencia de Derrida o Foucault, los rugidos deconstructivos del león le dan paso al jugueteo infantil de quien, cual artista divino, es capaz de crear y recrear el mundo. En contraste con lo que suelen pensar los lectores de sensibilidad nihilista, el “juicio de Dios” es, en Deleuze y Guattari, un momento eminentemente creativo y no solo potencialmente asfixiante o paralizante. Cuando el cuerpo sin órganos de la tierra se pliega y repliega, cuando se estratifica a través de dobles articulaciones de manera indefinida, la vida se hace confortablemente habitable, aun cuando está claro que, como señala la tradición feminista, un hogar también puede ser una auténtica pesadilla que niegue sistemáticamente la vida. A veces se juzga apresuradamente el propio juicio de Dios, particularmente en los momentos en los que el Joker se ha convertido en la figura de la sensibilidad dominante de movimientos incapaces de remodelar el hogar, de crear. Tal vez por eso sean para muchos tan atractivas las imágenes de agambenianas “comunidades cualsea” y sus “potencias destituyentes”. Lamentablemente, el Comité Invisible y su Partido Imaginario conducen más a menudo a la cárcel que a una auténtica huida, fuga o salida.