36 | Edición 209 | abril 2021 Un mundo con temblores y terremotos Pensar lo improbable en medio de datos y hechos. por Carlos Eduardo Maldonado* efectos son simple y llanamente imprede- cibles. Pues bien: se sabe que sucederá, se sabe de cuánta magnitud será, pero no se tiene conocimiento alguno de cuándo po- dría acontecer. La aleatoriedad procede de la natura- leza, y es la naturaleza. Los seres huma- nos en la tradición occidental han tenido enormes dificultades –epistemológicas, psicológicas y emocionales– para tratar (= “lidiar”) con la aleatoriedad, la con- tingencia, el azar. Trata de reducirla, de controlarla, de descartarla incluso. A ello están dedicadas herramientas –la ver- dad infructuosas– como la teoría clásica de probabilidades, la teoría del riesgo, la prospectiva y otras empresas semejantes. La complejidad en el mundo y en la na- turaleza consiste exactamente en el pa- pel del azar en la economía de la realidad. Las cosas no son aleatorias, en manera alguna; pero sí existe un componente de contingencia perfectamente indescarta- ble. El reto estriba en el peso o la magni- tud del azar. La ciencia normal y la cultura normal, en toda la acepción de la palabra, nada pueden hacer al respecto. Entonces suceden las tragedias. (Ya en los orígenes de la civilización Occidental la diosa griega Tyché, y poste- riormente su traducción y expresión ro- mana Fortuna, encuentran innumerables problemas en el ecosistema de mitos, re- latos y explicaciones, y terminan sencilla- mente por desaparecer. Se impone el de- terminismo). Los supervolcanes Los volcanes, no solamente han acompa- ñado a la existencia de los sistemas vivos desde los orígenes, sino, mucho más im- portante, se encuentran sin ningún lugar a dudas en las fuentes de los orígenes de la vida. Se trata de fenómenos práctica- mente ubicuos, en los océanos tanto co- mo en tierra. Pues bien, existe una categoría im- portante, que son los supervolcanes, que pueden desprender erupciones de pro- porciones ampliamente geográfcas e in- cluso mundiales. Existen, en un primer estudio, dieciséis volcanes mayores que son los siguientes: Rainier (E.U.), Mauna Loa (Filipinas), Colima (México), San- ta María (Guatemala-Nicaragua), Gale- ras (Colombia), Teide (Islas Canarias), Nyiragongo (República Democrática del Congo), Vesuvio y Etna (Italia), Santori- ni (en el mar Egeo), Merapi (Indonesia), Ulawun (Paúa Nueva Guinea), Taal (Fi- lipinas), Unzen y Sakurajima (Japón), y Avachinsky-Koriasky (Rusia oriental). Y a estos los denominan “los volcanes de la década” , un proyecto que se inició en los años 1990 dedicado al estudio de este tipo de formaciones geológicas que, por su si- tuación geográfca e historia pueden oca- sionar enormes desastres. Al lado de los “volcanes de la década” los verdaderas importantes (= preocu- pantes) son los llamados supervolcanes, que se caracterizan porque tienen una carga de magma mil veces más grande que los demás identificados en el mun- do; esto es, expulsan más de 1000 km 3 de magma. Un fenómeno que no cabe en la mentalidad del día a día de los ciudada- nos. Estos son: el Lago Toba (Indonesia), la caldera de Yellowstone (E.U.), la calde- ra La Garita en Colorado (E.U.), el volcán Taupo (Nueva Zelandia), y varios más si- tuados en Japón, Ecuador, Chile, Italia, Alemania, E.U. y Panamá. Cabe destacar al Monte Fuji (Japón) y el Popocatepetl (México). C on la crisis pandemica en cur- so quedó en evidencia, una vez más, que existen fenómenos sor- presivos, y que estos no pueden ni deben ser desatendidos. A to- dos, Tirios y Troyanos tomó por sorpre- sa el covid-19. Ni las mejores mentes del mundo lo vieron venir, ni tampoco exis- ten, con certeza, a pesar de las decenas y decenas de vacunas disponibles, una so- lución para la crisis, del orden sistémico y sistemático. Atendiendo a este llamado no es iló- gico mirar hacia la geología, una ciencia fundamental, ampliamente ignorada. Varios de sus capítulos se ocupan de fe- nómenos apasionantes, aunque dramá- ticos, como la sismología y la vulcanolo- gía. La geología es un componente central de las Ciencias de la Tierra. Pues bien, la Tierra no es un sistema físico sin más; es un organismo vivo. Nos habla: y debemos poder escucharla. Al cabo, la Tierra, cuyo verdadero nombre es la biosfera, somos nosotros mismos. Una relación sutil y pa- ra nada inmediata o directa, sino, es el re- sultado de elaboraciones que son objeto de otras consideraciones aparte. Primero: los hechos Según el sitio earthquaketrack.com, al día de ayer tuvieron lugar 124 temblores en el mundo en las últimas veinticuatro horas, 1.089 en la última semana, 4.784 el último mes, y 63.415 el último año. Estas cifras se actualizan día a día. De estos temblores o terremotos, los más graves tuvieron la si- guiente intensidad: 5.9 hoy, 6.3 esta sema- na, 8.1 este mes, y 8.1 el año. Estos datos se actualizan diariamente; incluso, cada hora. Hay que decir que un temblor o terre- moto tiene consecuencias a partir de 5.0, y que por encima de 6.0 se empieza a con- siderar de consecuencias desastrosas (muertes, derrumbe de edifcaciones, ge- neración de tifones en el mar que llegan devastadoras a las orillas, etcétera). Las noticias cotidianas difícilmente dan cuenta de estas dinámicas; y cuando lo hacen tratan cada acontecimiento de manera aislada y local. Pero la verdad es que la biosfera es un organismo vivo, y que todas las dinámicas se encuentran perfec- tamente entrelazadas, en gran escala, en- tre sí. Para la percepción común –esto es, tomadores de decisión, medios de comu- nicación, y muchos otros–, la ocurrencia de temblores y terremotos es algo que se da por dado, y no existe una visión orgá- nica de los acontecimientos. Prevalece el análisis y hace falta elaborar síntesis. Naturalmente que los temblores y te- rremotos son, ampliamente, impredeci- bles. El que se espera que sea el más ca- tastrófco en la historia de la humanidad desde hace un tiempo, a raíz de la falla de San Andrés en California, se espera que suceda entre una escala de 9 a 10, cuyos El covid-19 recordó algo que no puede olvidarse: no es prudente permitir que las cosas sucedan, sin intentar predecirlas y neutralizarlas. A propósito de ello, vale la pena observar un acontecimiento “invisible”: los temblores y terremotos. La historia, la cultura y la vida cotidiana es lo que acontece cuando la naturaleza lo permite.