Revista Latina de Comunicación Social La Laguna (Tenerife) - marzo de 1998 - número 3 D.L.: TF - 135 - 98 / ISSN: 1138 - 582 Construyendo una filosofía de la comunicación para los ¿nuevos? tiempos (1.792 palabras) David de los Reyes © Doctor en Filosofía Profesor de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela (Caracas) I El transcurrir de la filosofía y los intereses de sus más lúcidos representantes dentro del mundo occidental ha variado continuamente en el transcurso de las necesidades humanas en el río de la historia. Bien es sabido que ella, la filosofía, es una disciplina que tiene un origen occidental y está unida a la preocupación antropológica de reflexionar acerca de determinados problemas que se hacen más presentes y apremiantes que otros y requieren una necesidad de respuesta para obrar en consecuencia con dichos lineamientos. Reflexiones que aspiran a tener una visión racional y general de las cosas desde el marco de problemas particulares y específicos. La filosofía es conocimiento racional por conceptos, nos ha dicho Kant; la filosofía también pudiera entenderse como una especie de papel de trabajo para el pensamiento, escrito y pensado por determinados individuos con el fin de ejercitar el filosofar, es decir, ejercer el talento de la razón siguiendo ciertos principios generales, salvando el derecho de esa facultad de examinar esos principios en sus propias fuentes, bien para refrendarlos o rechazarlos; el kantismo quiso convertir a la filosofía en la legisladora de la razón humana; nosotros creemos en un ejercicio más íntimo: el de la comprensión racional de nuestro acontecer en el mundo, donde ya no se puede hablar sobre lo que es (fil. de la naturaleza) o de un deber-ser fijo y absoluto (fil. moral) para un mundo donde reina el deseo, el cambio, la imagen, la inserción personal en la globalidad y en el que la naturaleza es continuamente mutada, intervenida, callada, degradada, magnificada, por la injerencia tecnocientífica mercantil del hombre; todo ello teñido por el barniz de la banal dictadura sensorial mediática. Si se quedase detenido el pensamiento y no se mantuviese un continuo movimiento por la sustancia pensante de descripción, perspectivas y reflexión sobre tales aconteceres de preocupación que denotan inquietudes por la contemplación, participación, comprensión, asombro y observación de la vida, la sociedad, el mundo, el universo por un lado, o de posturas y perspectivas que reflejen soluciones prácticas a problemas de orden políticos, morales, éticos en relación con el individuo y el mundo por otro, la comprensión de la evolución humana sería distinta, chata y neutra como el fluir neutro de las imágenes en la pantalla de la televisión, que pareciera convertir toda experiencia en superficial y toda realidad sobre un fondo escenográfico de espectacularidad. Sin esa actitud de duda, silencio, reflexión, crítica, esta disciplina realmente hubiera pasado -como muchas veces lo ha estado- a ser uno de los cadáveres exquisitos del panteón de los saberes muertos. ¿Pero la filosofía ha muerto, como tantas veces se ha pronosticado? Pensamos que no -ello, gracias a unos, a despecho de ser desgracia para otros- de querer comprender mediante la razón y la pasión, la libertad y la limitación, el lenguaje y la observación, la contemplación y la reflexión, el sentido del acontecer y la implicación del hombre, dentro de su entorno y su infinidad de riqueza creativa que lleva el hecho de ser el único animal que ha sabido clasificar saberes y darles uso para ¿mejorar o empeorar? su condición vital. Hegel fue quien acuñó la frase feliz: la filosofía es llevar la época a pensamientos. Y la nuestra está signada por la presencia -casi infernal/celestial- del apéndice mediático dentro del ámbito humano, del triunfo de la imagen como instrumento comunicativo y como filosofía de comportamiento (1). Hoy bien comprendemos, y ya no es sorpresa para nadie, que nuestra época enfrenta, ante el declive de una teoría y espíritu crítico aunado al deterioro de los lenguajes, una necesidad específica de reflexionar continuamente acerca de los fenómenos de comunicación y todas sus variantes, de todos los nuevos anclajes colectivos y minoritarios. Tanto desde sus especificidades técnicas como de su carácter informático, icónico, lingüístico, ético, político y estético: elementos que constituyen nuestra semiósfera; todo ello conduciéndonos a una ecología de las ideas y de los hábitos culturales. Y como siempre, la filosofía ha sido una escuela de la sospecha, es decir, deponer ante el pensamiento, de rasgar el velo de Maya, lo que para los hombres presenta un carácter de evidente y tribial-tribal; en cuestionar y crear discursos alrededor de la esfera y de la atmósfera de las irracionalidades y de la consciencia, y presentar un espejo de imágenes mejor enfocadas mediante el uso de la razón, es decir, del uso de un lenguaje que tiene consciencia de sus fines ante una realidad donde el lenguaje mismo enmascara y desenfoca la mirada sobre la cosas y se yergue, como ya dijimos, en dictadura sensorial. La filosofía sería, vista así, un afinar conceptos para contrastar realidades y sopesar las estructuras con que los hechos cobran significado y no encerramos dentro de un círculo inconcluso, de un estatismo de vacío entre tradiciones estériles y anacrónicas que sólo tienen realidad por la continua repetición de un mensaje condicionador o del continuo cambio de lo nuevo que nos lleva irreductible al vacío de la nada cambiante y de la pérdida de significación vital de nuestras Página 1 de 11 De los Reyes, David, 1998: Construyendo una filosofía de la comunicación para los nuevos tiempos. http://www.ull.es/publicaciones/latina/latina_art32.pdf