La Formación Profesional y la desigualdad social RAFAEL MERINO Universitat Autònoma de Barcelona. Correo‐e: Rafael.merino@uab.cat JOSÉ S. MARTÍNEZ GARCÍA Universidad de La Laguna. Correo‐e: pepemart@gmail.com Cuadernos de Pedagogía, Nº 425, Sección Monográfico, Julio‐Agosto 2012, Editorial Wolters Kluwer España La etapa de la Formación Profesional y la desigualdad han ido siempre de la mano. Los autores analizan las raíces de esta relación, desde un punto de vista social y educativo, y repasan las propuestas que se han impulsa do en el ámbito escolar para romperla, así como sus límites y sus efectos perversos. Hablar de Formación Profesional (FP) y de desigualdad social y educativa es hablar de una relación muy íntima, ya que el mismo origen de la Formación Profesional se pensó para la capacitación de las clases subalternas, primero fuera de la institución escolar, luego dentro del sistema educativo, pero con un rango menor a la vía noble escolar, el Bachillerato. Vamos a analizar en primer lugar las raíces de la desigualdad social para entender mejor el papel de la escuela en general y de la Formación Profesional en la reproducción de las desigualdades sociales. Después haremos un breve repaso de las propuestas que se han hecho para reducir estas desigualdades, en las que se ha tenido en cuenta directa o indirectamente la FP, así como de los límites y los efectos perversos de estas iniciativas. Acabaremos con una modesta propuesta para la acción socioeducativa. La raíz de la desigualdad social: trabajo manual e intelectual Aunque parezca banal recordarlo, la raíz de la desigualdad social tiene su origen en la división entre trabajo manual y trabajo intelectual, una división que nos retrotrae a los mismísimos orígenes de la especie humana. Y esta división no era una mera cuestión técnica o de especialización evolutiva, tenía una profunda división moral y, por ende, política, como dejó claro en sus escritos Aristóteles, para la Grecia clásica, o como analizaron Karl Marx, Max Weber y Thorstein Veblen, en las sociedades europeas, en pleno desarrollo de la industrialización. A pesar de las formidables transformaciones que ha tenido la estructura social desde entonces, y reconociendo que en algunos casos la frontera entre trabajo manual e intelectual se ha hecho más difusa, en general se siguen manteniendo una serie de ejes de estratificación social. Por un lado, el nivel en que el trabajo desgasta físicamente, bien por su dureza o por las condiciones de seguridad e higiene en que se ejerce, dimensión que subyace a la ruptura entre cuello azul y cuello blanco. Por otro lado, el periodo de tiempo necesario para lograr una competencia mínima en su desempeño, que diferencia entre trabajo cualificado y no cualificado. Algunos desarrollos recientes en sociología matizan estas dos dimensiones fundamentales con otra: la dificultad del empresario para controlar el trabajo. Así se plantea un tercer eje de estratificación: actividades en las que el empresario necesita confiar en el asalariado, como son las de gestión (Goldhtorpe, 2010). La eterna polémica sobre el prestigio de la FP se deshace en buena medida si se tiene en cuenta que prepara para ocupaciones que en estos ejes de la estratificación social quedan en posiciones inferiores con respecto a las profesiones para las que prepara la Universidad. El prestigio de la FP es menor que el prestigio de la Universidad porque prepara para profesiones menos valoradas socialmente. La segunda raíz ancestral de la desigualdad social es la que se establece entre trabajo productivo y trabajo reproductivo, que, como es bien sabido, atribuye tareas, estatus y recompensas diferentes a hombres y mujeres. Esto explica, como veremos más adelante, que la Formación Profesional tenga un sesgo de género muy marcado, porque se relaciona con profesiones consideradas femeninas (atención a las personas) y masculinas (mecánico, electricista...), aunque también podemos ver algunos pequeños cambios en la distribución del trabajo productivo (no tanto en la esfera reproductiva) que se traducen en cambios en los itinerarios formativos. La desigualdad educativa: clasismo y sexismo en la FP Buena parte de la sociología de la educación se ha dedicado a analizar la función de reproducción social de los sistemas educativos. Uno de los indicadores del clasismo de estos sistemas educativos ha sido la resistencia a incorporar estudios técnicos en el currículo. Las asignaturas vinculadas al ejercicio de oficios han sido consideradas siempre como una especie de profanación del templo del saber clásico (más bien clasicista) que se pensaba que era la escuela, en este caso la Escuela Secundaria. Esta resistencia aumentaba, a medida que las tasas de escolarización crecían, y que las capas medias y populares accedían a esta Escuela Secundaria. Ante el incremento de las cohortes que accedían a este nivel, la respuesta fue la diversificación curricular, dejando siempre un camino más selectivo y noble, y un segundo camino para los estudios aplicados. En los años setenta, dos sociólogos franceses, Christian Baudelot y Roger Establet, analizaron cómo la división entre formación profesional y formación académica era el mecanismo de reproducción de las clases sociales. Aunque utilizaron un concepto topológico erróneo de doble red, destacaron que la conexión entre Enseñanza Primaria y Formación Profesional era el destino más probable de los hijos de la clase obrera, y que la conexión entre la formación secundaria y la formación superior era el destino más probable de la clase media. Pero hay que hacer un matiz importante: aunque la mayoría de los alumnos de FP tengan un origen social bajo, esto no quiere decir que la mayoría de los hijos de clase trabajadora vayan a la FP ni que las familias de clase trabajadora prefieran la FP al Bachillerato, pues, por ejemplo, mientras que los varones de clase obrera estudian FP en una proporción del 20% (Martínez García y Merino, 2012), cursan Bachillerato en un 30% aproximadamente (Martínez García, 2007). Esto muestra que las estrategias de movilidad ascendente de las clases bajas han centrado su inversión en el Bachillerato y la Universidad (Martínez Celorrio y Marín Saldo, 2011). Por eso no sería demasiado exacto hablar de clasismo en la FP (Carabaña, 1988), pues la presencia de las distintas clases sociales está más equilibrada que en el Bachillerato: la distancia entre la clase alta y obrera es de unos 40 puntos a favor de las clases altas en estos estudios, mientras que en la FP la distancia se acorta a 10 puntos a favor de los hijos de la clase obrera. Respecto al sexismo, parece ser que la FP es el último reducto de las escuelas de niños y las escuelas de niñas. Existen familias profesionales en las que prácticamente 13/09/2016 1 / 3